La vida del granadino Ángel Ganivet (1865-1898) supera con creces su obra literaria. Por eso era importante dar a conocer su biografía. Se extiende a lo largo de doce capítulos durante 24 horas. El tiempo interno de la novela comprende, pues, un día entero en la vida del escritor antes de su definitiva huida.
Desde un presente real en Riga (Rusia), Ganivet en un flash-back cinematográfico hace memoria de todo lo ocurrido en su corta vida de treinta y tres años. La novela desarrolla unas escasas notas encontradas en Riga que concentrarían el relato en el monólogo interior de un presente en la ciudad rusa al ritmo trágicamente lento de la caída de las horas: Son las tres de la tarde... / Es ist neun Uhr. Son las nueve en punto. Sigo estudiando alemán. es ya noche cerrada. Una débil luz amarillenta ilumina el rótulo de la calle Taubenstrasse... / Son las diez y cuarto. el cielo es como un pizarrín de manteca de cuando la escuela, de cuando los cuadernos azules, de cuando la vida tenía color azul... / Midnat. Medianoche. El viento, estornudo del diablo, silba amenazante por toda la casa... / Tres de la madrugada. Ramalazos de viento tajan las calles. Vivo pisando cristales con los pies descalzos. La nada tiene prisa... / Seis de la madrugada. Una mujer corría por la calle como si fuera a abrir las puertas a la aurora. El tiempo se desleía limando lentamente la historia de la tristeza... / Once de la mañana. Una tibia luz blanca inunda la habitación. Me obsesiono con la persecución de la que soy objeto... / Son las doce de la mañana en Hagemberg. Un golpe de viento me saca de mis negras cavilaciones. Todo es producto de mi debilidad nerviosa. ... / Es la una del mediodía. antes de las cuatro llegará Amelia cocinando su eterna sopita de lágrimas: Später, Herz, später (Más tarde, corazón, más tarde)... / Son las dos de la tarde y el sol aplasta como una plancha de plomo mi cabeza... / Dos y treinta minutos. Me consuela saber que en mi hijo seguirá vivo el mundo. La nieve acaricia blandamente la calle de las palomas... / Son las tres y diez minutos en Hagemberg. Todo lo razonable puede ser real. No hubo vuelta a casa. Debo cumplir lo acordado. La amarga confesión es, pues, un recuerdo explicitado, desarrollado lentamente. Desde un presente en soledad, el pensamiento se deshace hasta desarrollar plenamente en el mosaico de la novela las teselas del mónologo interior en Riga.
La novela está escrita en primera persona. El comienzo podría ser recordado como una inicial confesión de su amor por España y por Finlandia: Mi nombre es Ángel Francisco de Paula José Lucía de la Santísima Trinidad. Soy, de alguna forma, mensajero de luz de un país tristemente roto, España, en otro, llagado por sus lagos, melodiosamente denominado Suomi, plomizo, gris, helado, solo…
En la narración, sin embargo, se mezclan dos voces, la del novelista y la del propio escritor que se retrata indirectamente en algunos textos extraídos de su obra literaria y en las cartas que manda a su madre desde Madrid y desde Amberes. Incorporamos así la técnica de las novelas inglesas del siglo XIX en las que la correspondencia forma parte de la esencia del texto. Esta biografía novelada mezcla, pues, un lenguaje del siglo XIX con un lenguaje del siglo XXI, el del autor, con el que se analiza, después de indagar en la vida y en la obra de Ángel Ganivet, cuál pudo ser el pensamiento del atormentado y solitario escritor granadino durante las veinticuatro horas anteriores a su suicidio en el río Dvina. Cuando el término era poco conocido lo hemos aclarado con una nota a pie de página.
Un epílogo de tres páginas cierra la novela fijando los últimos hechos históricos, ciertos, sobre los que se montó la narración, de clara técnica cinematográfica, de una vida desgraciadamente extraña y apasionante, llena de soledad, de enfermedad, de huidas, de amores contrariados y de brillantísima creación literaria.
Granada, 29 de septiembre del año 2016, festividad de los arcángeles Gabriel, Miguel y Rafael.
Jacinto S. Martín #ganivet #elsolitariodebrunnsparken #brunnsparken #angelganivet #novela #novelaenblog
«Cuando son las tres de la tarde en Nueva York, todavía es
1938 en Londres.» [Bette Midler]
Atardecía cuando el profesor subió las escaleras,
recorrió los pasillos teñidos por el azafrán de la última
luz del día, entró en el aula y comenzó a pasar lista en
un tono alto. Así evitaba tener que imponer el molesto
¡silencio! Era una especie de letanía sin respuesta. De
vez en cuando alguien levantaba una mano o respondía
en voz baja: «aquí».
De pronto, aparecieron un nombre
y unos apellidos admirables: Iloveny de Blanco y
Sánchez-Pérez. El profesor se sorprendió y preguntó
a la joven por qué «De Blanco y Sánchez-Pérez» y ella
dijo que a su madre le gustaban los apellidos aristocráticamente largos y que en el destino de una persona
una «de», una «y» y un guioncillo entre dos apellidos
ilustres te marcan para ocupar un cargo importante y
procurarte una vida feliz.
Aunque la sorpresa mayor estaba en el nombre, el
profesor esperó para hacerle la pregunta una semana
después. Y otro atardecer con el pasillo vestido con la
túnica amarillenta, después de recrearse en el apellido,
se dirigió a la aristocrática joven: ¿Iloveny?
Ella le dijo: «Profesor, hacía tiempo que lo estaba
esperando. Mire, usted, profesor, le voy a contar lo
que me contó mi madre. Al volver del viaje de novios
y después de sentirse molesta, Manuela —mi madre—
fue a ver a don José, el médico, un sabio, mire usted.
Y cuenta mi madre que don José después de subirla
al borriquete y taparle las piernas con una sábana, estuvo reconociéndola más de media hora. Llevaba una
linterna en la frente como quien baja a una mina.
Mira,
niña, decía mi madre, don José era como un retratista
de feria y al final —digo yo— encontró lo que buscaba:
fotografiar la vida, y vio que eras tú. Don José que era un sabio como te he dicho me dijo: «Usted va a tener
una niña, que ha sido concebida en Nueva York. Trae
unas letras en la nalga derecha que con el tiempo se irán
borrando: “Made in New York”».
Mi madre decía que
no ha visto a nadie tan sabio como don José.
Muy contenta salió de la consulta y se lo dijo a mi
padre. Luego le indicó cuál era mi nombre: «¿Te acuerdas, Pepe, de nuestra noche de novios en Nueva York?».
—Sí, quién nos iba a decir a nosotros que íbamos a
ir a Nueva York. Tuvimos suerte con el sorteo del viaje.
Nos tocó a nosotros. Sólo así pudimos ver la «quinta
manzana», ¡qué grande era!
—Pues aquella noche después del mordisco a la
manzana, se empezó a formar la niña. Así que se llama
Iloveny como decía el letrero de las camisetas que
compramos.
—Mira, Manuela, pregúntale a alguien que sepa
inglés, qué significa.
Y fue mi madre y le preguntó a Rafael, el vecino,
que sabía inglés, francés, alemán, sueco, finés y ruso,
y que —en sus ratos libres— había hecho Ingeniería,
Arquitectura, Farmacia y Medicina, y que llevaba
cinco años en paro, y Rafael le dijo que I era Yo, que
love era quiero y que la N era Nueva y la Y griega
era York. Y mi madre se admiró de que aquel joven
supiera tanto y de que trabajara tan poco.
Así que ya
lo sabe, profesor.
Iloveny era puntual, asistía siempre y sonreía por
todo. Era alta, de mejillas sonrosadas como las musas de
Garcilaso, y rubia (de bote, pero no se notaba). Trabajaba
siempre. Era generosa y de una bondad inmensa como
«la quinta manzana». Así que llamó la atención de un
joven y un día (14 de febrero) nos sorprendió a todos
una llamada al aula y la presencia de un mensajero
que traía un ramo de rosas rojas que se reflejaron en
el espejo de las mejillas de Iloveny.
«Taloviu, Iloveny»,
decía la tarjeta que acompañaba al ramo de rosas. Venía
firmada: de García.
—Después de aquello, García me escribió: Conservar
algo que me ayude a recordarte sería admitir que te puedo
olvidar. Y eso, profesor, enternece. Sólo más tarde, mientras tomaba un café, supe que era Shakespeare quien
me había conquistado: venía impreso en el sobrecillo
del azúcar.
Al poco tiempo el joven García e Iloveny fueron novios. Faltaban tres meses para terminar el curso (el curso
es un pesado embarazo que a veces resulta).
A todos
nos sorprendió la ausencia de la señorita de Blanco y
Sánchez-Pérez, pero esta institución es «jarripotiana» y a
veces ocurren prodigios: hay profesores que están, pero
no están; otros no están, pero están; un piano se transforma en pianola de la noche a la mañana; desaparece
un herbario o se esfuma una cosechadora tan grande
como el museo de Ciencias, en donde estaba aparcada.
Así que visto lo visto, que Iloveny no asistiera no nos
llamó mucho la atención.
Pasados dos meses, Iloveny apareció sonriente y
amable como siempre. El profesor se alegró por recuperar a una persona bondadosa y pacífica.
—¿Qué te ha ocurrido, Iloveny?
—Mire, usted, profesor, usted sabe que García y yo
nos fuimos a vivir juntos, un «matrinovio», sabe usted. Nos casamos por lo militar.
Y al principio la danza del fuego se apoderó de nuestras
vidas. Falla por la mañana, Falla por la tarde, Falla por
la noche. Luego, al poco tiempo, a García y a mí nos dio
por la Literatura y empezamos a leer la "Mazurca para dos
muertos" de Cela.
Y un buen día dijo García que la juventud y la
vejez nacen entre las piernas, y luego se fue.
Aunque el recuerdo falsifica el pasado, yo creo que
García no era malo. Aún recuerdo los poemas que me
dedicaba.
Y esas cosas, profesor, le ponen a una los «pelos de
gallina».
Pero, aunque García no era malo, mire usted, profesor, me quedé muy mal. El comportamiento de García me dejó rota. A eso le achaqué los trastornos que tenía.
Mire usted, profesor, tenía siempre como un «bullebulle» en el vientre, que yo achacaba a la melancolía.
Y un buen día me puse tan 'malica', que me llevaron al
hospital y tuve un hijo.
—Yo no sabía nada, Iloveny. Yo no sabía que usted
había tenido un hijo.
—¡Mire usted, profesor, si yo tampoco sabía nada!
¡Fue de repente!
«La sabiduría me persigue, pero yo soy más rápido». [Dicho popular]
Ayer, jueves, tuve un mal día.
Comencé la fase cefálica de la didáctica en la ducha. Luego estuve en el
instituto, respirando alumnina, de canto de gallo a canto de grillo.
Hoy viernes, para cambiar, he
decidido ir a la Fuente. Me he tomado un té y un Espidifén con agua,
agitado, no mezclado. Paso por la plaza de la Trinidad. Los estorninos tiritan
en las ramas. Me acompaña la música de Mike Hammer. Quiero creer que me
enfrento a un capítulo de novela negra. Llevo la prisa tonta de siempre,
olvidando que nunca se llega a ningún sitio. Me cruzo con un amigo al que hace
tiempo que no veo. No nos saludamos porque no hace falta. Ya hablo a diario con
él por facebook.
Pretendo saber las fechas de nacimiento y
muerte de Isabel García Rodríguez, la tía de Federico García Lorca que le enseñó a tocar la guitarra. Se ha encontrado un libro manuscrito por ella y necesito comprobar algunos datos. Voy al Juzgado de Paz.
—Buenos días.
—¿Qué quiere usted?
Quien habla es una rubia de edad indefinida
entre veinte y sesenta años. En un rótulo figura su nombre: María Dolores del Fuego
Ayuso. Teclea el ordenador con la parsimonia de la señora que acaricia a un
gato. Sobre la rubia se desmelena el sueño y una cierta neblina. El espaciador
se mueve despacio. En la mesa del despacho, a la izquierda, tiene una bolsa de
pipas. Las pipas apagan el fuego del aburrimiento. Luego escupe las cáscaras
que se depositan «pipa iacta est» por todos los rincones de la pequeña
habitación.
— ¡Cry me a river!
—Eso que usted pide va a ser difícil. ¡Con la
cantidad de papeles que tengo yo aquí: papeles, papeles, papeles, aquí no hay
más que papeles! Claro que si usted me dice cuándo nació y cuándo murió, yo se
lo hago en un momento en el «ordenata».
—¿Decía?
—No, nada. Veo
que un libro cercano marcaba «nacidos desde 1890 hasta 1900». La funcionaria se
ha levantado. Se mueve por el cuchitril, con una pachorra inmensa, en pequeños
círculos. Los zapatos de tacón verde marcan la esperanza en mágicos mandalas.
La «reluqueo» y no sé cómo definirla. Loli está dentro de su voluntario encierro como una cometa dentro de un huracán.
—¿Podría usted mirar en el libro que tiene a
la derecha?
—Bueno, pero
no me gusta la gente que curiosea la vida de los otros. No sé si me entiende,
lo que se puede comprender es muy difícil de explicar. Además, no coma usted
ansias. Tiempo al tiempo.
—Busque usted
por la Gar…
—Creo que no va a estar.
Se ensaliva el dedo gordo y pasa las hojas
con la seguridad de quien no va a encontrar nada. Pienso que Umberto Eco se
inspiró en ésta para construir El nombre de la rosa.
—Venga usted otro día, con más tiempo, y cuando pueda le hago un hueco. La gente cree que una está aquí «atofor»,
pero aquí hay trabajo para siete.
—¡Por Dios
santo, si son las doce y cuarto y no hay nadie! Desde que se inventaron las
excusas, se acabaron los culpables.
¿Y no se le
ocurre a usted alguna solución?
—¡Siiií
Gasparín! Gasparín sabe todo lo que pasa en el pueblo.
—¿Dónde puedo encontrar a Gasparín? La
indefinida se levanta, me acompaña a la puerta y me indica: «¿Ve usted allí al
final de la plaza a un chorro de viejos jugando al dominó? Allí está nuestro
hombre.»
Dejo a María
Dolores del Fuego en su trabajo. A mis espaldas oigo el crack de las pipas, que
como las hojas al caer vuelven a la raíz. Como un nuevo Guillermo de
Baskerville, voy hasta los jugadores de dominó, que chillan, tiran las gorras
al suelo, maldicen, mientras las fichas dan saltos jabonados sobre la mesa de
mármol.
—Buenos días. ¿Está Gasparín?
—¡No! Acaba de
irse. Dijo que iba a comer algo y a dormir la siesta. Vive ahí, en la casa
grande, la del escudo de piedra. ¡Aquí estamos todos bajo la misma tormenta,
pero no en el mismo barco! Mire usted, si no fuera por el dominó y el charlar
el vino, no habría forma de aguantar el miserable «suicidio de desempleo» de
trescientos euros. ¡Es para matarse! ¡ El pueblo está ortigado de tantas
injusticias!
—Es un abuso…
Nos están falseando hasta las falsedades.
—¿Quién le ha
dicho que estaba aquí?
—La chica del
juzgado.
—Ah, la Loli,
una muchacha muy buena, muy formal y muy buena cocinera: te hace unas torrijas
que te cambian la vida. Manolo, otro de los «dominantes», que acababa de cerrar
un ojo y gritaba poseído: «dominó p´al tuerto», me dijo: —Es buena, para los
papeles es única, pero tiene poca conversación. Te ve en primavera y: ¡Qué
alergia más mala, chiquillo, va a acabar con nosotros! En verano: ¡Qué calor
más insoportable, vengo asfixiadita! Cuando llega el invierno cambia el chip:
¡Qué humedad más grande, me duelen todos los huesos, hasta los de las aceitunas
que me acabo de comer! En otoño, da más pena: ¡Yo estoy más tristona
últimamente! ¿Será este tiempo, Manolo? Ahora, eso sí, para los papeles es única.
—¿Se va usted
a ir ya? Vaya usted donde Gasparín.
Pienso que puedo encontrar el dato que estoy buscando. Es una tontería cruzar un desierto y quedarse a dos minutos del oasis. Así que me vuelvo al juzgado.
Hay dos momentos sagrados en la vida de una persona: uno, dormir la
siesta. Vuelvo a ver a la Loli. Veo que en la mesa hay un bombón «Mon chéri» y
una desmayada flor de papel. ¡Cuánto yerra delfín que sigue en agua corza en
tierra!
—Loli,
Gasparín se ha ido a dormir la siesta, pero ¿quién es Gasparín?
—Gasparín es
el juez. Por aquí viene poco. ¡Si no fuera por una! Pero lo que es menester es
lo que es menester, eso es lo que es menester.
—Loli, dejaste que el camello montara al
beduino.
—No sé lo que
me está contando. La gente de gafas como usted dice cosas muy raras; pero mi
jefe trabaja en lo suyo y es fuerte como un tsunami.
Para estar en
forma, el lunes, nada; el martes, nada; el miércoles, nada; el jueves, nada y
el viernes va a la piscina. Además, como era de gente pudiente, aprendió a
tocar el violín. Le queda un tic de aquella época cuando corta jamón. ¡Qué
arte!
—¿Y no se le ocurre, Loli, otra solución? Lo
digo para no molestar a ese hombre que tiene que estar reventado.
—¡Siiií vaya
usted al cementerio!
—¡Ojú! ¿Sabrá
ésta que tengo el colesterol alto? Desde luego cada vez bombardean más cerca.
Oigo que ha muerto Taylor, la gata sobre el tejado de cinc caliente, que tanto
ayudó a Tennessee a justificarse. Aunque todos sabemos que el destino del cristal es romperse, me preocupa la orden de mi amiga Loli.
Me armo con el escudo de la paciencia. Loli es
ya como de la familia. ¿Sabe usted, Loli, que la muerte es analfabeta y coloca
a un Rodríguez al lado de un Berruezo y a un Salas lo acerca a un Canales? Así
no hay forma de encontrar a nadie. La muerte, Loli, nunca se educó. Eso explica su falta de consideración,
su incultura y su desprecio por todo.
—¡La muerte tenía que morirse! Bueno, usted
vaya. Donde menos se
espera, salta la liebre. Se le nota a usted mucho que es poeta porque es muy pesado.
—Un poeta,
Loli, es un ingeniero del alma.
—Pero muy pesado.
Voy, veo que
está cerrado. Se acerca un hombre: «Hasta hace nada han estado ahí. Pero si
necesita algo, hay un hombre en el pueblo que tiene las llaves. Es alto, viudo,
calvo, poco gastado, tiene yesca. Se llama Eduardo, pero todos lo conocemos por
Gasparín».
En vista de
que la investigación ha sido un éxito, decido irme. Vuelvo al instituto, no sé
si por querencia o por necesidad. Voy a los servicios. Era más por necesidad,
supongo. Entro en la Sala de Profesores. Me encuentro a seis compañeros en standby,
deseosos de soltar sobre los desprevenidos alumnos la carga didáctica. Hablo
con mis compañeros de guardia. ¡Error!
Cuando el timbre rojo de la sala, imitador del
de los bomberos, cierra el paréntesis de
la mañana, intento salir. Abandono toda esperanza. Una estampida se me viene
encima. Yumanyi se impone, salpicado de gritos largos: ¡Martaaaaaaaaaaaaaaaa!
¡Alejandrooooooooooooo! ¡Quién dijo que el español no tenía vocales largas!
En la chillona
confusión, perfectamente desorganizada, oigo:
— ¿Qué te ha preguntado doña
Maribel en Matemáticas?
— Una cosa muy rara: que si sabía quiénes eran los primos
de los números o algo así. ¡Y yo que sé, tía!
Mi hermana siempre me recuerda subiéndome a un
tren. En el andén muchas manos, precipitadamente, me decían adiós. Bajo la
chapa protectora de la vieja estación, una chillería de murciélagos rompía el
silencio verde que venía de los campos de trigo.
A mi prima Amalia
Aranda que sabe que todo lo que se cuenta es cierto.
«Creo que nos quedamos ciegos, creo que estamos ciegos,
ciegos que ven, ciegos que, viendo, no ven.» [José Saramago]
En la celebérrima, muy noble y leal ciudad de
Arahal, la tarde de noviembre cada vez se inquietaba más. Llegaban puntuales
casi todos los examinandos. Se trataba de buscar trabajo en la ONCE entre
personas con un por lo menos setenta y cinco por ciento de incapacidad.
Aspiraban al puesto: El Tubería,
que hablaba con sonidos sordos guturales como un desagüe; Tolocasco, chivato
siempre activo; el Enano, gigantón algo alelado, que «combebía» con todo el que
se presentara; Pepe Voz de Vaca, que olía a hierba y casi mugía al hablar; el
Vitaminas, flaco y débil como su nombre indicaba; el Hincha, gordo inflado que
despreciaba el fútbol; el Tornillo, envuelto en sí mismo como una tuerca o una
pasta hélice; el Mantecas, que hasta su desgracia había sido carnicero; el
Pirata que enrollaba la pierna izquierda en una vieja muleta costrosa y había
perdido un ojo que mal disimulaba con una cortinilla negra; Juana la Petanca
aficionada a los hombres y al juego; El Contra, bizco de nacimiento, del que
decían que tenía un ojo contra el Gobierno, y Pepe el León que, aunque manco del brazo
izquierdo y retraído, era más capaz que el mismo delegado «oncero». Inteligente
y memorioso, no olvidaba jamás lo que leía. Pudo ejercer de maestro, pero Pepe
afirmaba, equivocadamente, que ser maestro es una de las cosas más tristes que
puede ser un hombre.
Aunque todos sabían que de la
fortuna no se puede esperar gran cosa sino traición, paseaban nerviosos delante
de la puerta de la oficinilla. El Contra intentaba tranquilizar a la tropa: «No
os pongáis nerviosos, la vida es corta y aburrida; nos la pasamos siempre
deseando. Así que si no sale esto, ya desearemos otra cosa»
Los gritos de don Francisco el delegado se
oían por toda la placita redonda y cubierta de albero, como ruedo sin espectadores, en la que se situaba la
estrecha oficina. Sólo el viento en las jacarandas simulaba un extraño y
violáceo pasodoble. A don Francisco, corpulento y grasiento, le habían enviado
de Madrid las normas a las que se tenían que ajustar las pruebas de los futuros
vendedores de esperanza, el gran estorbo de vivir.
No conseguía leerlas. Pasaba una
y otra vez las hinchadas manos sobre el punzante papel en braille, sin adivinar
qué querían decirle. Se raspaba las manos en un sinsentido extraño, se le
abultaba el belfo de la boca, hasta que descubrió la broma: uno de los
empleados de la oficina había conseguido colocar dentro del sobre oficial,
perfectamente recortado con las medidas exactas del documento, un papel de lija
de imposible adivinación. Esa era la causa de las maldiciones que retumbaban
por la pequeña oficina y transmitía el eco por la placita de albero: «Leche
puta, ¿esto qué es? ¡Me cago en “to” lo que se mueva! ¡Como descubra al
zorromorro que hizo la gracia, se entera!»
Por fin abrieron el auténtico
sobre que venía de Madrid con la prueba. Aun así seguía gritando, pero por
motivo distinto: la pava que preparaban para matar en Navidades, para la que
faltaban pocos días, había caído al pozo de la casa después de un torpe vuelo
al intentar cogerla y la criada se había quemado la mano con la plancha. El
ciego, a quien la naturaleza crió inclinado a la tierra, siervo de su vientre,
gritaba: «que dejen a la Loli (la muchacha) y se ocupen de la pava.»
Así se hizo. Cuando lograron
sacarla del pozo en una cesta que sustituyó al viejo cubo, la cubrieron con una
manta pues el animal tiritaba de frío. Don Francisco el ciego ordenó que le
dieran una botella de coñac antes de que se muriera. La pava cogió una cogorza
que la movía de una a otra parte del corral como papel en callejón un día de
viento. Era casi un borracho franquista cuando las penas se aliviaban con litro
y medio. El ciego sostenía que, como se había cargado entera la botella del
501, la carne estaría más tierna y tendría mejor sabor. En la cima de la desesperación gritaba: "Que la metan un rato en el horno de la panadería de la calle Pozo Dulce antes de que palme".
Loli estuvo desocupada todo el día, pues las
quemaduras habían sido de cierta importancia. Olía a vinagre con el que había
empapado su mano y lloraba en el corral junto a la pava tambaleante.
Por fin, una hora después de lo
previsto se empezó el ejercicio. Don Francisco, que era libre como el viento,
tiró a la papelera la prueba madrileña, un dictado extraño que en letras
mayúsculas decía: «BERNABÉ ERA UN JOVEN CALAVERA EMPONZOÑADO DE WHISKY».
A continuación les entregó un
lápiz a los pobres examinandos y dictó rápidamente en vista del escaso tiempo
que les quedaba después del incidente del papel de lija, de la desgracia pavera
y de la quemadura de la Loli. Se alinearon en dos grupos, uno de cinco y otro
de seis, once, en los pupitres de un colegio cercano junto a la iglesia de la
Magdalena, que se alzaba soberbia sobre las casas pequeñas y encaladas, y
acompañado de Federico, su fiel secretario, tronó el dictado. Corto y genial a
un tiempo. Por las blanqueadas paredes del aula resonó la voz del ciego: «Veo
muchas caras y pocos destinos» y luego: «¡Atiendan, sólo lo repetiré una vez!
¡Ah, no se les olvide que deben escribir en letras mayúsculas!».
Don Francisco tronó: «VICKS VAPORUB».
Ese fue el dictado. Cuando terminó la prueba,
extraña y veloz como un rayo, Federico,el secretario, corrigió el tremendo desaguisado:
Bis baporú, escribió uno de ellos. Otro: 'Visva porús'. Un tercero: 'Yo vi vapor y
tú?' El cuarto de la fila de la izquierda dejó en el papel: 'Bisbasposrus'. Estaba
orgulloso porque sabía que viniendo de Madrid tenía que escribirse con muchas
eses. El siguiente, pensando que aquello venía del Régimen, escribió Biba
Franco y biba tú. Viki va porú, dijo otro de los ínclitos. Se amontonaban las
genialidades: 'Yolobiyaytú'; 'Biclimú'; (Yo creo que me ha salido bien, decía
éste); 'Bibatú', y debajo, Pa don Francisco; 'Vi bapó uf', dijo el décimo.
Pepe el León escribió Vicks Vaporub y explicó que era un ungüento descubierto por un farmacéutico
de Carolina del Norte y que Vicks era el nombre de su cuñado. Lo sé de muy
buena tinta, decía Pepe el León que hacía honor a su nombre. Este fue el
primero que rechazaron. «Tíralo a la papelera, que “pa” vender “iguales” no
hace falta saber tanto», dijo don Francisco, soberbio, con el belfo brillante de
saliva.
No comprendo cómo con un dictado tan fácil se
puede hacer tan mal, decía el ciego, indignado. Por fin, el jurado consular –
don Francisco y Federico - y Pepita la
administrativa, que solo creía en Dios y en el Corte Inglés, se retiraron a
deliberar.
Federico, Federico, vamos a
quedarnos con el que habla de Franco que luego «to» se sabe, dijo astutamente
don Francisco. Federico, Federico, mira: 'cuando se convoque otra plaza llamamos al otro
pelota'.
Era ya adulto el invierno. La tarde se había
puesto roja con unas nubes bajas amenazantes con sabor a fresa. Las jacarandas
habían manchado el suelo con su pegamento violeta. Cuando los humillados y
vencidos examinados cruzaron la plazuela, una ráfaga de viento oscuro los ocultó.
A JUAN CERDERA SOLA Y A MARÍA VARGAS MARTÍNEZ, CON QUIENES COMPARTIMOS NUESTRO CARIÑO POR VÍCTOR.
Al llegar a Osuna escampó. Un
sol, blando y misericordioso, dejó caer sobre el viejo mercancías una última
limosna de luz. Olía a alpechín. En la estación, en soledad, un niño de unos catorce años
esperaba el tren. Llevaba una maleta y un libro.
—¡De Osuna, ni la luna...!
Después del grito, Pepe bajó de un salto y fue a ver al jefe. Ángel maniobró
hasta detener la máquina, que resopló como un animal cansado que se echa a tus
pies. El camarada volvió comiéndose una sardina-arenque. Se olía desde la
cabina. El arenque aplastado se lo estaba comiendo a cara de perro.
—¡Pepe, que todos somos hermanos de Dios!
—¡Hermanos de Dios, pero de la
torta, no! Luego sacó otro pedazo de pan y otra sardina. Toma, come... y
sonrió. Hacía viento, hacía mucho viento. En Osuna siempre reza el viento. Un
viento que se enreda en las pitas, en las chumberas y que amenaza con llevarse
la alta colegiata y el instituto, que vigilan el pueblo desde una colina.
De repente, un fuerte ruido les
hizo volver la cabeza. El tren de Granada venía envuelto en una nube de polvo y
apedreaba la estación con los guijarros que levantaba. Fueron rápidos a ver qué
ocurría. Cuando la máquina se detuvo y se asentó el polvo, vieron que traía
bajo las ruedas un triste acordeón de chapas. Un coche no respetó el paso a
nivel y el tren lo arrolló. Bajaron, con el susto en el cuerpo, todos los
viajeros. Al principio se lamentaban de la suerte de quien conducía el
vehículo. Los lamentos y algunas oraciones adivinadas en los gestos duraron
poco. Luego los comentarios se hicieron hostiles: «¡qué falta de prudencia!»,
«¡la gente no se entera!», «¿hasta cuándo nos van a tener aquí?»...
Fueron a ayudar al jefe de
estación, que estaba blanco como un pajuelo. Lo acompañaron hasta donde estaba
el cadáver del desafortunado y lo taparon con una manta. Pidieron a los
curiosos que se fueran. Quedaron en silencio. La muerte siempre te recompensa con
silencios.
—¿Qué es morirse, Angelito?
—Si nacer es salir de Cádiz, morirse es...
llegar a Málaga. Posiblemente en Málaga te den la buena noticia de que te
acompaña el hombre de Nazareth.
—Si es más fácil... Mira: morirse es dejar de
fumar, dejar de beber y dejar de darle cuerda al reloj. Somos un papel dando
vueltas en un callejón, cuando, de pronto, se echa el viento. ¡Nada más!
—Yo estudié en Osuna. Un buen día
decidieron que me viniera aquí. Recuerdo que aquella tarde después de un
partido de fútbol cuando el sol repitió su simulacro de incendio tras los
árboles, yo quedé con el balón redondo de las tristezas bajo el brazo, imitando
el ocaso. De un balonazo se me había ido el niño que llevaba dentro. ¡Esto
también es morirse!
—Ajó, ajó, ¡qué bien lo
pensaron!, ¡qué mal te salió!
Yo, sin embargo, aprendí a leer y
a escribir en la calle, pero siempre he tenido más libertad que tú. En la
cocina de mi casa estaba siempre el gato echado y el aire bamboleaba la talega
del pan, pero éramos libres.
—Pepe, la esclavitud y la
libertad nos igualan, como a los raíles, como a los cables de la luz desde
donde nos miran los mochuelos. A los dos sólo nos permiten el usufructo de la
miseria.
—¡FAI, FAI, eso es lo que hay!
—De la esclavitud y de la muerte
sólo nos salva el chispazo eléctrico de enamorarse. La mujer es la sal en la
sopa sosa del mundo, la mágica bebida que te aumenta la sed. Es muy importante
que no se cumpla del todo el deseo.
—Lo malo de querer algo es que te
lo den.
—Uno se enamora un día, porque la
química te lo exige.
—Todos sentimos un chispazo alguna vez. Puede
ser cualquiera la que te dé el lambreazo. Luego la persigues como un cazador.
—Pepe, decía un escritor, pobre
como nosotros, que «no todas las hermosuras enamoran; que algunas alegran la
vista, pero no rinden la voluntad». En esto estaban «tal que estar, tal que
estar» cuando el jefe de estación les dijo que la vía estaba libre. Y salieron
de Osuna con un regusto amargo de tragedia.
Cruzaron los campos rojos de Pedrera. Cuando
llegaron a Antequera, apenas se distinguía el boceto a carboncillo de la Peña
de los Enamorados.
—Angelito, voy a tener que dejar
esto. ¡Tú no sabes cómo me duele la espalda! Un día de éstos me voy a quedar
«doblao» como un langostino.
—¡No, hombre, tú estás fuerte!
¡Dios siempre te echará una mano!
—Para llamar a Dios hay que poner
el grito en el cielo. Y luego... este trabajo es tan penoso, tan triste, que
hace llorar a los cochinos.
—¡Hombre, eso no es así!
—¡Pues si no es así, será «asao»!
La vida es una faena. De la dehesa feliz de la niñez te llevan al ruedo del
miedo y se te echan encima todas las fechorías: te dan los primeros capotazos,
te aplacan la ira con banderillas y te pican desde el caballo ciego de la
suerte. Luego, cuando por fin te rindes, los demás te pagan con la moneda de la
indiferencia. Si aguantas en el ruedo del tiempo, se quejan de tu tardanza en
irte, y te dan el primer aviso, el de la soledad, el segundo del desamor y el
tercero del desprecio. ¡No hay que pasarse del cuarto de hora fijado para la
faena! A este pulpo —dijo señalándose el pecho con el índice—, ya le han «dao»
los tres sustos. Les dieron la salida.
Málaga, ya cercana, marcaba el final de una
jornada de trabajo de más de catorce horas. La oscuridad los hermanó aún más en
la conversación.
—Ir a Málaga es resucitar en la
explosión de la luz después de morir lentamente en los túneles. Málaga es el
paraíso desplomándose lento en el mar, la playa mordida por las olas..., la
libertad.
—Angelito, eso que acabas de
decir es lo que les tienen inculcado a los que leen.
Cuando entraron en Málaga, la «Soledad» se
cubrió con el jersey negro de la noche y se remansó en el quinto andén de la
estación. Pepe desenganchó los vagones de la máquina y los dejó en la vía de lomo de asno de la estación para que fueran dirigidos a las vías correspondientes. Luego bajaron de la vieja 040-2204 y, cansados, entraron en los barracones.
Cogieron los charnaques de madera y los colchones de borra y se echaron en
ellos con las manos en la nuca.
Entró Vega, uno de los
maquinistas que acababa de llegar de Madrid y saludó:
—¡Hombre, don Ángel Martín Sidi!,
¿qué hay?
—¡Lo normal... nada de nada!
—Y a ti, Pepe, ¿cómo te va la vida?
—¡Vega, la vida es una mierda!
— ¿Y eso quién
lo ha dicho?
—¡Eso lo ha dicho MOSCÚ!
Epílogo:
Pepe Rojo Cabañas, MOSCÚ, murió en Utrera diez
años después. Tenía sesenta años. Había trabajado como fogonero en el «Virgen
de la Soledad» durante cuarenta y no había agotado aún los tres avisos de la
faena. Ángel fue a su casa e intentó convencerlo para que se pusiera a bien con
Dios. Se acercó a la cabecera de la cama y le dijo:
—Pepe, ¿quieres que llame a don José el cura?
¡Mira que si luego hay algo, te vas a llevar un chasco!
El cura, que ya estaba allí, se acercó y le
dijo al oído: «Hijo mío, ¿quieres confesarte de algo que creas que no has hecho
bien?»
El último hilo de voz de MOSCÚ resonó en la alcoba:
«¡Gracias, padre, estoy “servío”!»
A JUAN CERDERA SOLA Y A MARÍA VARGAS MARTÍNEZ CON QUIENES COMPARTIMOS NUESTRO CARIÑO POR VÍCTOR.
En ese momento, recordó Ángel la noche que fue a Utrera a visitar a Pepe y a
su familia. Llovía. La música miserable de las goteras, clincloneando en los
cubos de cinc y en las latas vacías de las conservas, ponía música de fondo a
su conversación. El Chopin de la lluvia, pobre, de andar por el barrio,
interpretaba un proletario preludio de la gota de agua.
Pepe lo llevó a su habitación y
levantando una sábana le dijo: ¡Ahí la tienes, mi amiga la radio! La enchufó.
Entre el silbido permanente de los pájaros de las interferencias, se oyó
levemente: «Aquí, Radio España Independiente, emisora de radio de onda corta».
La Pirenaica insistía en la injusticia de los beneficios de los grandes
monopolistas a costa del sudor de los obreros.
Después fue a su mesilla de noche
y sacó de entre los calcetines el carnet del P.C.E.: José Rojo Cabañas,
fogonero. ¿Sabes ya por qué sé lo que hay que saber?, le dijo. Desde ese
momento, Ángel supo cuáles eran los pocos conocimientos de su amigo; pocos, pero
inmutables.
—¡Angelito, que te duermes!
¡Vamos que ya nos han dado la salida!
—¿Ya nos vamos?
—¡Digo yo!
Un trapo verde ondeaba por encima
de la cabeza del jefe de estación. Los huesos del mercancías temblaron y
serpenteando, a poca velocidad, salieron de Jerez. La ciudad, bodeguera y
sombría, se fue quedando atrás como los sueños imposibles.
Vamos a Utrera, dijo Pepe y
cantiñeó bronco y mal. Luego añadió: «me voy atrás, que antes de llegar al
terraplén me esperan los niños, afloja lo que puedas que hoy van a tener un
saco de garbanzos, otro de fideos y una caja de gambas blancas». Cuando
llegaron al sitio indicado, Pepe arrojó con cuidado los bienes de
«intendencia». Tres niños se afanaban en recoger el envío. Luego, el camarada
Rojo Cabañas volvió a la cabina, echó tres paletadas de carbón y el fogón se
enfureció avivando la llama.
Como Ángel estaba en silencio,
Pepe se justificaba.
—¡Tú, cura arrepentido, que sepas que eso no
es robar, que eso es cobrarme las plusvalías de mi trabajo!
—¡Tú verás!
—¡Menos campanas y más yunques!
Que sepas, Angelito, que es la realidad la que determina la conciencia, y no al
revés como tú crees. Pepe era una tabla rasa apenas rayada y, sin embargo, sus
pocas ideas tenían fuerza.
El sol del mediodía —redondo y dorado como un
mostachón— y el calor del fogón les obligaban a beber continuamente de un
botijo tiznado. La cara de Pepe estaba teñida de negro. A lo lejos un cielo
azul claro protegía las primeras casas de Utrera. Vamos a comer y a beber algo
que estamos ajustados a seco, dijo Pepe. Estuvieron parados más de dos horas.
Hasta les dio tiempo a comprar
lotería. Nunca se sabe, decía Pepe, hoy te puede dar a ti un «jamacuco» y
quedarte tieso y mañana me puede tocar a mí la lotería: ¡así es la vida! Les
llamó la atención la publicidad del lotero, que se movía a cambaladas como si
estuviera cambiando de vagón con el tren en marcha: ¡Lotería de Córdoba! ¡Esto
no tocó nunca! Además, ¿para qué queréis dinero? Si os toca algo, vais a tener
más preocupaciones. Yo... si queréis os la vendo. El viejo iba rodeado de
hombres que le pedían un décimo y acababa vendiendo toda su desafortunada
mercancía. Mientras comían, Pepe insistió en la pregunta de siempre:
—¿Y tú, por qué cojones ganas cuarenta duros
más que yo?, ¿se puede saber?
—Yo soy el maquinista y tú, el
fogonero.
—¿Y eso qué tiene que ver? Yo tengo seis hijos
y tú, uno. A cada uno según sus necesidades.
—Pero, Pepe, tú sólo sabes echar paletadas de
carbón...
—De cada uno según sus capacidades.
—Roma locuta est, causa finita
est. Roma ha hablado, la cuestión ha terminado.
—¡No hace falta saber tanto! A mí
no me chulees con latinajos. Yo me meo en Roma y me sobra «meao». ¿Sabes lo que
te pasa? Que tú no crees en la igualdad y toda tu vida serás un cliente, pero
nunca un ciudadano.
—¿Y eso qué quiere decir?
—¡Yo me entiendo!
Al salir de la cantina, el
tiempo, el caprichoso cambiador, el que viste con ropajes confusos la quietud
de las cosas, lo había puesto todo triste, con una tristeza descuidada, plomiza
de tormenta. El mercancías, con calma y sin alma, esperaba reemprender la huida
hacia adelante, lenta y sin nostalgia.
«La Soledad» se puso en marcha.
Cruzaron El Viso, El Sorbito y El Empalme Morón. Luego vieron a lo lejos
Arahal, un Getsemaní de olivos. Cuando detuvieron el mercancías, Pepe Rojo dijo
en voz baja: «De enero a enero, en Arahal, puchero.»
Una tensa calma anunciaba el
llanto gris del aguacero. Eran casi las cuatro de la tarde. La mujer del jefe
de estación les preparó un café. ¿Queréis una copita de aguardiente? Gracias,
cuando pase un rato, dijo el camarada Rojo Cabañas e inmediatamente apostilló:
«ya pasó». Amparo, la jefa, sonrió.
Desde el pequeño salón de la casa
se veía el andén. Había gente que esperaba al tren que venía de Marchena.
Vieron que una niña colocó sobre el riel una peseta de las del 53 —las del
Franco de la cara gorda— para que al pasar la máquina la aplastara y así
recoger la peligrosa obra de arte.
Ángel quiso salir a echarle la
bronca a los padres, pero Pepe lo retuvo: «de alguna manera alguien tiene que
aplastarlo, ¿no?». Una hora después pasó la «cochinita», plateada y con el
retraso acostumbrado. Le agradecieron el café a la mujer y fueron a ver al
jefe. Todavía estaba rinringueando con el teléfono negro, cucaracha negra
gigante en la blancura de la pared, para avisar de la salida del «marchenero» a
los del Empalme. En un rincón destacaba la vieja estufa de leña. Bajo la chapa
que protegía el andén, una chillería de murciélagos rompía un silencio verde
que venía de los trigales.
—Yo viví aquí, dijo Ángel. Aquí conocí exactamente el lugar en donde anida el pájaro del pánico.
—¿Cuándo?
—Cuando a la gente que ya se
sabía todas las respuestas, los tiempos les cambiaron todas las preguntas. Los
que daban limosna a campanazos quedaron confusos.
—Angelito, la justicia debe ahogar a la
caridad. Los bienes, si no son comunicados, no son bienes; provocan males.
—Pero nunca puede justificarse la muerte de un hombre.
—Hace veinte años
aquí, como en toda España, mandaron los caínes.
—¿Qué se le puede
pedir a un salvaje? Lo derecho del arco es estarse torcido.
La «Soledad» avanzaba por la campiña en un silencio pactado.
Comenzó a llover. Muchas veces habíamos hecho este recorrido bajo la lluvia, viajes de campo llorado. Dios hace salir su sol sobre los buenos y los malos, y llueve
sobre los injustos y los justos.
Llegaron a Marchena y
de nuevo los apartaron al tercer andén.
—Siempre al margen: los peregrinos tenemos muchas posadas y
pocas amistades.
—¡Hombre, eso no! Aquí cuando un
hombre exprime la nada y se enclaustra su grito en el puño cerrado, por
momentos se aplasta el pez de la miseria y el vergonzante pan de la limosna.
Aquí en el Sur, las manos de la rabia contenida te amenazan tan sólo con un
cante.
—¡Ahí has estado bien, Angelito!, pero que sepas,
camarada, que a nosotros nadie nos incomoda, porque en España hay un respeto
permanente por lo inútil.
La vieja y orgullosa locomotora de carbón salió de Marchena lentamente, silbando, jadeando, envuelta en humo. El humo le sienta bien. Un perfume limpio de campo y un borrón de hollín nos acompañaron hasta Ojuelos. En las lomas, entre el señorío de los caballos,
decenas de toros dibujaban en negro el temor y la suerte y la muerte. Sobre los
toros negros, los espurgabueyes ponían una nota de blancura. El ruido de los
vagones descoyuntados del mercancías, clickety-clack, clickety-clac, clickety-clack, apagó la conversación y las palabras no se
oían, solo se adivinaban como en los sueños.
Este relato cierto, dividido en tres capítulos para su mejor lectura, está dedicado con toda justicia a Juan Cerdera Sola y a María Vargas Martínez con quienes compartimos nuestro amor por nuestro nieto Víctor.
«Las ideologías
nos separan, los sueños y la angustia nos unen.» [Eugène Ionesco]
Aún no se distinguía el hilo blanco del hilo
negro, cuando abrigado de soledad, un hombre, enfundado en un mono azul bajo un
chaquetón de paño, se dirigía por la acera del puerto hasta la vieja estación
del tren. Iba perfumado de olor a café de cebada y a pan tostado y a colonia
barata con la que curó el arañazo que le dejó el afeitado. En su cara, tres
papelillos de fumar confirmaban la pelea diaria con la cuchilla de las tres
letras. Un barco mercante bostezaba en el puerto y su bocinazo hacía temblar las
verjas oxidadas. En media hora, el hombre del mono azul confundía la claridad
del humo blanco de la locomotora con su propio vaho. Una espesa niebla hacía de
Cádiz un Londres misterioso. La roja estrellita del cigarro iluminaba la
bocanada de humo sobre las manos encallecidas. Cuatro nubes para una misma
confusión de sombras.
Una imprecisa línea de luz quería
romper la noche, cuando otro hombre, también enfundado en un mono azul, cruzaba
la avenida entre el ruido húmedo de los primeros coches en el asfalto mojado.
El hombre alzaba el cuello de una pelliza vieja, para no ser guillotinado por
el viento marero. Iba perfumado de café y llevaba un libro pequeño en el
bolsillo izquierdo. A veces un libro puede abrigarte el corazón. El mar sonaba
tan cerca que amenazaba con empaparlo todo de sonidos azules. Un respirar
cansino, acompasado, anunciaba la entrada en la estación de un viejo tren. Se
arrastraban los huesos del expreso por la igualdad matemática de los raíles.
Las luces de la estación se esforzaban por romper la niebla. Ángel entró en la
cantina y el chuuuufff de la cafetera le hizo girar la
cabeza. Olía a colillas y a «fli».
En un rincón del mostrador, acodado en la
barra estaba Pepe.
—Pepe, buenos días. ¿Qué hay?
—¿Qué va a haber? ¡Lo normal...
nada de nada! ¡Vamos, Angelito, que se hace tarde!
En el reloj de la estación, el minutero había
derrapado al tomar la curva del seis. Las cinco y media pasadas. El que levanta
a un hombre a estas horas no es un hombre, es un criminal, farfulló Pepe. Ángel
se había adelantado y de un salto subió a la máquina. Esperó un poco a que su
compañero cebase el fogón con varias paletadas de carbón. La máquina cogió
presión. Las seis.
—¡Vamos!
—¿A Málaga?
—Sí, a Málaga. Quince vagones, como siempre.
Ángel movió la manilla y la máquina empezó a moverse lentamente. La locomotora, una Mikado que arrastraba una composición de mercancías, arrancó orgullosa, silbando, jadeando, envuelta en humo. Pararon en la
tercera aguada y llenaron el ténder. Luego se encontraron en la estéril
libertad del istmo. El viento de levante disparaba perdigonazos de arena, que
repicaban sobre la placa en la que destacaba el nombre de la máquina: «Virgen
de la Soledad». Se sentían acosados por los dientes de espuma del Atlántico.
Amanecía. Escoltado de azules, el mercancías cortaba el tejido del océano que
se quejaba con un chillar de gaviotas. Por fin, las pirámides de sal de San
Fernando blanquearon el nuevo día.
—¡Que seáis como el fuego, el agua y la sal!
—Angelito, ya empezamos. ¡Te sale el cura que llevas dentro!
—¿Y tú?
—Yo sólo creo que nos muerden las
conciencias.
—Y eso, ¿quién lo dice?
—¡Eso lo ha dicho MOSCÚ!
Por las tierras albarizas de Jerez, la «Soledad», una vieja locomotora bronquítica, arrastraba su carga lentamente. Aunque era octubre, aún estaban aserpiando las viñas, alumbrándolas para hacer frente a las lluvias de invierno. El aire bodeguero traía olor a fino,
a pedrojiménez, a oloroso... Jerez de la Frontera, donde unos pocos tienen un
mucho y muchos, muchos, tienen muy poco. Los pocos del mucho se levantan a las
doce, sea de día o no sea, y se perfuman el pañuelo con Real Tesoro; los muchos
del poco se levantan tan temprano, que parece que van a quemar avisperos.
—Sabes, Angelito, que una vez me
examiné para entrar en Correos y me preguntaron cuáles eran las tres ciudades
más importantes del mundo, y yo «que estaba un poco “indispuesto”» contesté:
Jerez, El Puerto y Sanlúcar. Puede retirarse, me dijo el 'tolucamen' que
presidía el tribunal. Yo salí, pero agregué, con un lento 'semiladrao': "Po-si-ble-men-te no lo se-an, pe-rooo te-ní-an que ser-lo".
—Andar siempre con la cartera de
cuero a cuestas, te habría rebajado los hombros.
—¡No hay que rebajarse ni ante
nada, ni ante nadie!
—¡Bueno, pero la Geografía tenías
que sabértela! Hay que saber dónde se está de pie. No podemos ir por el
mundo como un bulto sin etiquetas.
—¿La Geografía es tan importante?
¿Qué me importa a mí dónde está Sada o Medinaceli o Niebla? La verdad es que a
mí me importan pocas cosas. Con un poco de pan, un poco de vino y una cama
tengo más que de sobra.
—¡El vino no tan poco, que nos conocemos!
—¡A lo que no tiene remedio... litro y medio!
La «Soledad» había quedado parada
en la estación en el tercer andén, ajeno al principal en donde se mezclaba la
vida: un cóctel de gentes con prisa, sonidos de campanas, pregones de dulces o
de billetes de lotería, mozos de estación...
—¿Aquí cuánto tiempo nos va a tener ahora, el 'pepóyica' del jefe de estación?
—Y a ti, ¿ qué más te da? ¿Tú no
querías cuando eras niño que los Reyes
te regalaran un tren para jugar con él todo el día?, pues ya lo tienes. Seguro
que los hijos de los ricos, que siempre tuvieron enchufe con los Magos, han
perdido el tren que les regalaron... hasta en su memoria. Tú llevas treinta
años jugando con el tren que nunca te echaron. Además, Pepe, los últimos serán
los primeros...
—Mira, Angelito, Jesucristo me
cae bien, pero con el resto de la Biblia no puedo. Es cosa de locos, ver a cien
personas en una iglesia repitiendo: ¡Que se me pegue la lengua en el paladar,
si me olvido tu nombre, Dios mío! ¡Ni que estuviéramos en Estepa comiendo
mantecados en el mes de agosto!
—¡Deja que cada uno haga lo que quiera!
—No, si yo los dejo... Está visto que esta
vida es un saco de caracoles y cada uno saca los cuernos por donde puede. Ángel
bajó a comprar el periódico. La portada traía la fotografía de Baroja. El pie
de foto decía: «Ayer 30 de octubre, falleció en Madrid Pío Baroja. Esta mañana
se celebró el sepelio del escritor. Presidió el ministro de Educación
Nacional».
—Y este Pío, ¿ qué tipo de pájaro
era? ¡Seguro, que era un rico! Ningún escritor de éstos viene a redimirnos. Se
llenan las cabezas de tonterías para matar el tiempo.
—Estos que escriben son ricos en tiempo;
nosotros sólo tenemos jornales de minutos. Nuestro tiempo está malcomido y
apenas digerido; por eso, un día, de pronto, nos damos cuenta de que ya tenemos
cincuenta años, como si se nos hubiera caído encima la estantería de los días
al pretender agarrarnos a la biblioteca de los recuerdos.
—A veces parece que piensas por
ti mismo. Pero, ¿ cómo era este hombre?
—Pues más o menos como tú, pero
sabía leer y escribir. Don Pío era médico, periodista y escritor. Estaba tan
preocupado como tú por los de abajo. Le gustaba la literatura rusa y leía
también a Nietzsche
—Entonces este tío no era ni meapilas, ni comehostias, ¿no?
—¡No! Era un tío que
no creía en nadie, ni en nada: ni en Dios, ni en hombres, ni en mujeres. Lo han
enterrado en el Cementerio Civil de Madrid.
—Que sepas, Angelito, que la religión es el suspiro de los
débiles, el corazón de un mundo sin corazón, el espíritu de los tiempos
privados de espíritu. La religión es el opio del pueblo.
Ángel se asombró de la
retahíla de pensamientos, perfectamente memorizados, que Pepe enhebró sin
titubeos y, extrañado, le preguntó:
—¿Y a ti quién te ha
dicho eso?
—¡Eso lo ha dicho
MOSCÚ!
Ésta era siempre la respuesta final de Pepe, su último argumento, de
manera que todos acabaron conociéndolo más que por su nombre, por su mote: MOSCÚ.