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viernes, 18 de junio de 2021

Ganivet, el solitario de Brunsparken

 La vida del granadino Ángel Ganivet (1865-1898) supera con creces su obra literaria. Por eso era importante dar a conocer su biografía. Se extiende a lo largo de doce capítulos durante 24 horas.  El tiempo interno de la novela comprende, pues, un día entero en la vida del escritor antes de su definitiva huida.

Desde un presente real en Riga (Rusia), Ganivet en un flash-back cinematográfico hace memoria de todo lo ocurrido en su corta vida de treinta y tres años. La novela desarrolla unas escasas notas encontradas en Riga que concentrarían el relato en el monólogo interior de un presente en la ciudad rusa al ritmo trágicamente lento de la caída de las horas:

Son las tres de la tarde...  /  Es ist neun Uhr. Son  las nueve en punto. Sigo estudiando alemán. es ya noche cerrada. Una débil luz amarillenta ilumina el rótulo de la calle Taubenstrasse...   /  Son las diez y cuarto. el cielo es como un pizarrín de manteca de cuando la escuela, de cuando los cuadernos azules, de cuando la vida tenía color azul... / Midnat. Medianoche. El viento, estornudo del diablo, silba amenazante por toda la casa... / Tres de la madrugada. Ramalazos de viento tajan las calles. Vivo pisando cristales con los pies descalzos. La nada tiene prisa... / Seis de la madrugada. Una mujer corría por la calle como si fuera a abrir las puertas a la aurora. El tiempo se desleía limando lentamente la historia de la tristeza... / Once de la mañana. Una tibia luz blanca inunda la habitación. Me obsesiono con la persecución de la que soy objeto... / Son las doce de la mañana en Hagemberg. Un golpe de viento me saca de mis negras cavilaciones. Todo es producto de mi debilidad nerviosa. ... / Es la una del mediodía. antes de las cuatro llegará Amelia cocinando su eterna sopita de lágrimas: Später, Herz, später (Más tarde, corazón, más tarde)... / Son las dos de la tarde y el sol aplasta como una plancha de plomo mi cabeza... / Dos y treinta minutos. Me consuela saber que en mi hijo seguirá vivo el mundo. La nieve acaricia blandamente la calle de las palomas... / Son las tres y diez minutos en Hagemberg. Todo lo razonable puede ser real. No hubo vuelta a casa. Debo cumplir lo acordado.

     La amarga confesión es, pues,  un recuerdo explicitado, desarrollado lentamente. Desde un presente en soledad, el pensamiento se deshace hasta desarrollar plenamente en el mosaico de la novela las teselas del mónologo interior en Riga.

La novela está escrita en primera persona. El comienzo podría ser recordado como una inicial confesión de su amor por España y por Finlandia: Mi nombre es Ángel Francisco de Paula José Lucía de la Santísima Trinidad. Soy, de alguna forma, mensajero de luz de un país tristemente roto, España, en otro, llagado por sus lagos, melodiosamente denominado Suomi, plomizo, gris, helado, solo…



En la narración, sin embargo, se mezclan dos voces, la del novelista y la del propio escritor que se retrata indirectamente en algunos textos extraídos de su obra literaria y en las cartas que manda a su madre desde Madrid y desde Amberes. Incorporamos así la técnica de las novelas inglesas del siglo XIX en las que la correspondencia forma parte de la esencia del texto. Esta biografía novelada mezcla, pues, un lenguaje del siglo XIX con un lenguaje del siglo XXI, el del autor, con el que se analiza, después de indagar en la vida y en la obra de Ángel Ganivet, cuál pudo ser el pensamiento del atormentado y solitario escritor granadino durante las veinticuatro horas anteriores a su suicidio en el río Dvina. Cuando el término era poco conocido lo hemos aclarado con una nota a pie de página.

Un epílogo de tres páginas cierra la novela fijando los últimos hechos históricos, ciertos, sobre los que se montó la narración, de clara técnica cinematográfica, de una vida desgraciadamente extraña y apasionante, llena de soledad, de enfermedad, de huidas, de amores contrariados y de brillantísima creación literaria.

Granada, 29 de septiembre del año 2016, festividad de los arcángeles Gabriel, Miguel y Rafael.


Jacinto S. Martín

#ganivet  #elsolitariodebrunnsparken  #brunnsparken  #angelganivet  #novela #novelaenblog

miércoles, 30 de diciembre de 2020

ILOVENY






El bulle-bulle de Iloveny 

«Cuando son las tres de la tarde en Nueva York, todavía es 1938 en Londres.» [Bette Midler]


 Atardecía cuando el profesor subió las escaleras, recorrió los pasillos teñidos por el azafrán de la última luz del día, entró en el aula y comenzó a pasar lista en un tono alto. Así evitaba tener que imponer el molesto ¡silencio! Era una especie de letanía sin respuesta. De vez en cuando alguien levantaba una mano o respondía en voz baja: «aquí».

 De pronto, aparecieron un nombre y unos apellidos admirables: Iloveny de Blanco y Sánchez-Pérez. El profesor se sorprendió y preguntó a la joven por qué «De Blanco y Sánchez-Pérez» y ella dijo que a su madre le gustaban los apellidos aristocráticamente largos y que en el destino de una persona una «de», una «y» y un guioncillo entre dos apellidos ilustres te marcan para ocupar un cargo importante y procurarte una vida feliz. 

Aunque la sorpresa mayor estaba en el nombre, el profesor esperó para hacerle la pregunta una semana después. Y otro atardecer con el pasillo vestido con la túnica amarillenta, después de recrearse en el apellido, se dirigió a la aristocrática joven: ¿Iloveny? 

Ella le dijo: «Profesor, hacía tiempo que lo estaba esperando. Mire, usted, profesor, le voy a contar lo que me contó mi madre. Al volver del viaje de novios y después de sentirse molesta, Manuela —mi madre— fue a ver a don José, el médico, un sabio, mire usted. Y cuenta mi madre que don José después de subirla al borriquete y taparle las piernas con una sábana, estuvo reconociéndola más de media hora. Llevaba una linterna en la frente como quien baja a una mina.

 Mira, niña, decía mi madre, don José era como un retratista de feria y al final —digo yo— encontró lo que buscaba: fotografiar la vida, y vio que eras tú. Don José que era  un sabio como te he dicho me dijo: «Usted va a tener una niña, que ha sido concebida en Nueva York. Trae unas letras en la nalga derecha que con el tiempo se irán borrando: “Made in New York”».

 Mi madre decía que no ha visto a nadie tan sabio como don José. Muy contenta salió de la consulta y se lo dijo a mi padre. Luego le indicó cuál era mi nombre: «¿Te acuerdas, Pepe, de nuestra noche de novios en Nueva York?».

 —Sí, quién nos iba a decir a nosotros que íbamos a ir a Nueva York. Tuvimos suerte con el sorteo del viaje. Nos tocó a nosotros. Sólo así pudimos ver la «quinta manzana», ¡qué grande era! 

—Pues aquella noche después del mordisco a la manzana, se empezó a formar la niña. Así que se llama Iloveny como decía el letrero de las camisetas que compramos.

 —Mira, Manuela, pregúntale a alguien que sepa inglés, qué significa.

 Y fue mi madre y le preguntó a Rafael, el vecino, que sabía inglés, francés, alemán, sueco, finés y ruso, y que —en sus ratos libres— había hecho Ingeniería, Arquitectura, Farmacia y Medicina, y que llevaba cinco años en paro, y Rafael le dijo que I era Yo, que love era quiero y que la N era Nueva y la Y griega era York. Y mi madre se admiró de que aquel joven supiera tanto y de que trabajara tan poco.

 Así que ya lo sabe, profesor. 

Iloveny era puntual, asistía siempre y sonreía por todo. Era alta, de mejillas sonrosadas como las musas de Garcilaso, y rubia (de bote, pero no se notaba). Trabajaba siempre. Era generosa y de una bondad inmensa como «la quinta manzana». Así que llamó la atención de un joven y un día (14 de febrero) nos sorprendió a todos una llamada al aula y la presencia de un mensajero que traía un ramo de rosas rojas que se reflejaron en el espejo de las mejillas de Iloveny. 

«Taloviu, Iloveny», decía la tarjeta que acompañaba al ramo de rosas. Venía firmada: de García. 

—Después de aquello, García me escribió: Conservar algo que me ayude a recordarte sería admitir que te puedo olvidar. Y eso, profesor, enternece. Sólo más tarde, mientras tomaba un café, supe que era Shakespeare quien me había conquistado: venía impreso en el sobrecillo del azúcar. 

Al poco tiempo el joven García e Iloveny fueron novios. Faltaban tres meses para terminar el curso (el curso es un pesado embarazo que a veces resulta). 

A todos nos sorprendió la ausencia de la señorita de Blanco y Sánchez-Pérez, pero esta institución es «jarripotiana» y a veces ocurren prodigios: hay profesores que están, pero no están; otros no están, pero están; un piano se transforma en pianola de la noche a la mañana; desaparece un herbario o se esfuma una cosechadora tan grande como el museo de Ciencias, en donde estaba aparcada.

 Así que visto lo visto, que Iloveny no asistiera no nos llamó mucho la atención. Pasados dos meses, Iloveny apareció sonriente y amable como siempre. El profesor se alegró por recuperar a una persona bondadosa y pacífica.

 —¿Qué te ha ocurrido, Iloveny? 

—Mire, usted, profesor, usted sabe que García y yo nos fuimos a vivir juntos, un «matrinovio», sabe usted. Nos casamos por lo militar.

Y al principio la danza del fuego se apoderó de nuestras vidas. Falla por la mañana, Falla por la tarde, Falla por la noche. Luego, al poco tiempo, a García y a mí nos dio por la Literatura y empezamos a leer la "Mazurca para dos muertos" de Cela. 

Y un buen día dijo García que la juventud y la vejez nacen entre las piernas, y luego se fue. Aunque el recuerdo falsifica el pasado, yo creo que García no era malo. Aún recuerdo los poemas que me dedicaba. Y esas cosas, profesor, le ponen a una los «pelos de gallina». Pero, aunque García no era malo, mire usted, profesor, me quedé muy mal. El comportamiento de García me dejó rota. A eso le achaqué los trastornos que tenía. 

Mire usted, profesor, tenía siempre como un «bullebulle» en el vientre, que yo achacaba a la melancolía. Y un buen día me puse tan 'malica', que me llevaron al hospital y tuve un hijo.

 —Yo no sabía nada, Iloveny. Yo no sabía que usted había tenido un hijo.

 —¡Mire usted, profesor, si yo tampoco sabía nada! ¡Fue de repente!


Granada, curso de 1990/ 1991

Jacinto S. Martín






miércoles, 16 de diciembre de 2020

Llórame un río (Cry me a river)












LLÓRAME UN RÍO (CRY ME A RIVER)

«La sabiduría me persigue, pero yo soy más rápido».  [Dicho popular]

Ayer, jueves, tuve un mal día. Comencé la fase cefálica de la didáctica en la ducha. Luego estuve en el instituto, respirando alumnina, de canto de gallo a canto de grillo.

Hoy viernes, para cambiar, he decidido ir a la Fuente. Me he tomado un té y un Espidifén con agua, agitado, no mezclado. Paso por la plaza de la Trinidad. Los estorninos tiritan en las ramas. Me acompaña la música de Mike Hammer. Quiero creer que me enfrento a un capítulo de novela negra. Llevo la prisa tonta de siempre, olvidando que nunca se llega a ningún sitio. Me cruzo con un amigo al que hace tiempo que no veo. No nos saludamos porque no hace falta. Ya hablo a diario con él por facebook.

 Pretendo saber las fechas de nacimiento y muerte de Isabel García Rodríguez, la tía de Federico García Lorca que le enseñó a tocar la guitarra. Se ha encontrado un libro manuscrito por ella y necesito comprobar algunos datos. Voy al Juzgado de Paz.

—Buenos días.

—¿Qué quiere usted?

 Quien habla es una rubia de edad indefinida entre veinte y sesenta años. En un rótulo figura su nombre: María Dolores del Fuego Ayuso. Teclea el ordenador con la parsimonia de la señora que acaricia a un gato. Sobre la rubia se desmelena el sueño y una cierta neblina. El espaciador se mueve despacio. En la mesa del despacho, a la izquierda, tiene una bolsa de pipas. Las pipas apagan el fuego del aburrimiento. Luego escupe las cáscaras que se depositan «pipa iacta est» por todos los rincones de la pequeña habitación.

 — ¡Cry me a river!

 —Eso que usted pide va a ser difícil. ¡Con la cantidad de papeles que tengo yo aquí: papeles, papeles, papeles, aquí no hay más que papeles! Claro que si usted me dice cuándo nació y cuándo murió, yo se lo hago en un momento en el «ordenata».

—¿Decía?

—No, nada. Veo que un libro cercano marcaba «nacidos desde 1890 hasta 1900». La funcionaria se ha levantado. Se mueve por el cuchitril, con una pachorra inmensa, en pequeños círculos. Los zapatos de tacón verde marcan la esperanza en mágicos mandalas. La «reluqueo» y no sé cómo definirla. Loli está dentro de su voluntario encierro como una cometa dentro de un huracán.

 —¿Podría usted mirar en el libro que tiene a la derecha?

—Bueno, pero no me gusta la gente que curiosea la vida de los otros. No sé si me entiende, lo que se puede comprender es muy difícil de explicar. Además, no coma usted ansias. Tiempo al tiempo.

—Busque usted por la Gar… 

—Creo que no va a estar. 

Se ensaliva el dedo gordo y pasa las hojas con la seguridad de quien no va a encontrar nada. Pienso que Umberto Eco se inspiró en ésta para construir El nombre de la rosa.

 —Venga usted otro día, con más tiempo, y cuando  pueda le hago un hueco. La gente cree que una está aquí «atofor», pero aquí hay trabajo para siete.

—¡Por Dios santo, si son las doce y cuarto y no hay nadie! Desde que se inventaron las excusas, se acabaron los culpables.

¿Y no se le ocurre a usted alguna solución?

—¡Siiií Gasparín! Gasparín sabe todo lo que pasa en el pueblo.

 —¿Dónde puedo encontrar a Gasparín? La indefinida se levanta, me acompaña a la puerta y me indica: «¿Ve usted allí al final de la plaza a un chorro de viejos jugando al dominó? Allí está nuestro hombre.»

Dejo a María Dolores del Fuego en su trabajo. A mis espaldas oigo el crack de las pipas, que como las hojas al caer vuelven a la raíz. Como un nuevo Guillermo de Baskerville, voy hasta los jugadores de dominó, que chillan, tiran las gorras al suelo, maldicen, mientras las fichas dan saltos jabonados sobre la mesa de mármol.

 —Buenos días. ¿Está Gasparín?

—¡No! Acaba de irse. Dijo que iba a comer algo y a dormir la siesta. Vive ahí, en la casa grande, la del escudo de piedra. ¡Aquí estamos todos bajo la misma tormenta, pero no en el mismo barco! Mire usted, si no fuera por el dominó y el charlar el vino, no habría forma de aguantar el miserable «suicidio de desempleo» de trescientos euros. ¡Es para matarse! ¡ El pueblo está ortigado de tantas injusticias!

—Es un abuso… Nos están falseando hasta las falsedades.

—¿Quién le ha dicho que estaba aquí?

—La chica del juzgado.

—Ah, la Loli, una muchacha muy buena, muy formal y muy buena cocinera: te hace unas torrijas que te cambian la vida. Manolo, otro de los «dominantes», que acababa de cerrar un ojo y gritaba poseído: «dominó p´al tuerto», me dijo: —Es buena, para los papeles es única, pero tiene poca conversación. Te ve en primavera y: ¡Qué alergia más mala, chiquillo, va a acabar con nosotros! En verano: ¡Qué calor más insoportable, vengo asfixiadita! Cuando llega el invierno cambia el chip: ¡Qué humedad más grande, me duelen todos los huesos, hasta los de las aceitunas que me acabo de comer! En otoño, da más pena: ¡Yo estoy más tristona últimamente! ¿Será este tiempo, Manolo? Ahora, eso sí, para los papeles es única.

—¿Se va usted a ir ya? Vaya usted donde Gasparín.

Pienso que puedo encontrar el dato que estoy buscando. Es una tontería cruzar un desierto y quedarse a dos minutos del oasis. Así que me vuelvo al juzgado.

 Hay dos momentos sagrados en la vida de una persona: uno, dormir la siesta. Vuelvo a ver a la Loli. Veo que en la mesa hay un bombón «Mon chéri» y una desmayada flor de papel. ¡Cuánto yerra delfín que sigue en agua corza en tierra!

—Loli, Gasparín se ha ido a dormir la siesta, pero ¿quién es Gasparín?

—Gasparín es el juez. Por aquí viene poco. ¡Si no fuera por una! Pero lo que es menester es lo que es menester, eso es lo que es menester.

 —Loli, dejaste que el camello montara al beduino.

—No sé lo que me está contando. La gente de gafas como usted dice cosas muy raras; pero mi jefe trabaja en lo suyo y es fuerte como un tsunami.

Para estar en forma, el lunes, nada; el martes, nada; el miércoles, nada; el jueves, nada y el viernes va a la piscina. Además, como era de gente pudiente, aprendió a tocar el violín. Le queda un tic de aquella época cuando corta jamón. ¡Qué arte!

 —¿Y no se le ocurre, Loli, otra solución? Lo digo para no molestar a ese hombre que tiene que estar reventado.

—¡Siiií vaya usted al cementerio!

—¡Ojú! ¿Sabrá ésta que tengo el colesterol alto? Desde luego cada vez bombardean más cerca. Oigo que ha muerto Taylor, la gata sobre el tejado de cinc caliente, que tanto ayudó a Tennessee a justificarse. Aunque todos sabemos que el destino del cristal es romperse, me preocupa la orden de mi amiga Loli.

 Me armo con el escudo de la paciencia. Loli es ya como de la familia. ¿Sabe usted, Loli, que la muerte es analfabeta y coloca a un Rodríguez al lado de un Berruezo y a un Salas lo acerca a un Canales? Así no hay forma de encontrar a nadie. La muerte, Loli, nunca se educó. Eso explica su falta de consideración, su incultura y su desprecio por todo.

 —¡La muerte tenía que morirse! Bueno, usted vaya. Donde menos se espera, salta la liebre. Se le nota a usted mucho que es poeta porque es muy pesado.

—Un poeta, Loli, es un ingeniero del alma.

—Pero muy pesado.

Voy, veo que está cerrado. Se acerca un hombre: «Hasta hace nada han estado ahí. Pero si necesita algo, hay un hombre en el pueblo que tiene las llaves. Es alto, viudo, calvo, poco gastado, tiene yesca. Se llama Eduardo, pero todos lo conocemos por Gasparín».

En vista de que la investigación ha sido un éxito, decido irme. Vuelvo al instituto, no sé si por querencia o por necesidad. Voy a los servicios. Era más por necesidad, supongo. Entro en la Sala de Profesores. Me encuentro a seis compañeros en standby, deseosos de soltar sobre los desprevenidos alumnos la carga didáctica. Hablo con mis compañeros de guardia. ¡Error!

 Cuando el timbre rojo de la sala, imitador del  de los bomberos, cierra el paréntesis de la mañana, intento salir. Abandono toda esperanza. Una estampida se me viene encima. Yumanyi se impone, salpicado de gritos largos: ¡Martaaaaaaaaaaaaaaaa! ¡Alejandrooooooooooooo! ¡Quién dijo que el español no tenía vocales largas!

En la chillona confusión, perfectamente desorganizada, oigo:

— ¿Qué te ha preguntado doña Maribel en Matemáticas?

— Una cosa muy rara: que si sabía quiénes eran los primos de los números o algo así. ¡Y yo que sé, tía!

 ¡Cry me a river!

 

 

Granada, un dia de febrero del año 2000

 

Jacinto S. Martín






miércoles, 25 de noviembre de 2020

La mano de Aixa

 



LA MANO DE AIXA




Hace ya mucho tiempo, no sé cuánto,

sólo sé que me duelen más los huesos

y que Aixa aprende ya la question tag,

la música de Falla, el cisma de Aviñón

y a medir versos...

 

Hace ya mucho tiempo, durante muchos días,

cuando el rosa manchaba la mejilla del alba,

yo acompañé al colegio a una mano pequeña,

de largos dedos, blanca.

 

Llenábamos de libros la cartera,

ilustrada joroba de camello,

condena de los niños de ese tiempo.

Después comprábamos un donut,

ilusionado círculo de chocolate negro.

 

Íbamos los tres bajo el frío de enero:

mi cansancio, mi hija y yo;

perdón, yo, mi hija y mi cansancio,

(el burro va primero).

 

Subíamos deprisa la escalera horizontal

de los pasos de cebra

y aparecíamos en el patio del “cole”

bajo la espesa niebla.

La fuente congelada jugaba a ser espejo.

 

Luego, unos labios pequeños,

aún almohadados por el sueño,

me ofrecían el regalo de un beso;

yo besaba también la frente de mi hija

y la dejaba delgaducha y sonriente

detrás de una gran reja, metáfora de encierro.

 

 

Volvíamos los dos.

Pensábamos que Aixa aprendería

que el mundo era redondo

y tan dulce como un caramelo,

que Dios tenía lápices de colores

y que gastó el azul para pintar el cielo,

que jugaría después arrullada de palomas

al salir al recreo,

y que luego, más tarde, quedaría

colgada boca abajo,

“uniformado murciélago”,

en los laberintos de un columpio de acero.

 

Hace ya mucho tiempo, no sé cuánto,

imperceptiblemente,

pues casi nunca se nos rompen de repente los sueños,

perdí el viejo cansancio

y la mano de largos dedos, blanca,

pequeño lazarillo con quien cruzaba el alba

cuando el árbol sin hojas del semáforo marcaba

intermitente la esperanza.

 

Granada, octubre de 1994.

 

Jacinto S. Martín

 

 




sábado, 21 de noviembre de 2020

Manos en el andén




MANOS EN EL ANDÉN

Mi hermana siempre me recuerda subiéndome a un tren. En el andén muchas manos, precipitadamente, me decían adiós. Bajo la chapa protectora de la vieja estación, una chillería de murciélagos rompía el silencio verde que venía de los campos de trigo. 


 Las manos que te dicen adiós

te empujan sin quererlo.

¡Bajad las manos, estrechad las manos, 

apretad las manos!

 

No levantéis las manos para lanzar adioses,

semillas de nostalgia.

El tiempo es comunión y en la distancia

una mano en el aire es desunión y olvido.

 

Unid todas las manos, las cosas no merecen

prematuros adioses ni resoplantes máquinas

de trenes que se alejan.

         ¡La vida es un quedarse, nunca un irse!


No levantéis las manos,

sino para aplaudir la vuelta.

No levantéis las manos

más que para abrazar a quien llega de nuevo

o para palmear la espalda

de la felicidad de los regresos.

En el cálido amor de los bolsillos,

dejad las manos quietas.

 

No levantéis las manos

en el andén frío de los adioses. 

Un horizonte no debe ser

un puñado de manos que se elevan.


No agitéis la blancura del pañuelo.

No levantéis las manos,

pues quien se va, dolorido,

ni siquiera sabe por qué lo hace.

 

Arahal, octubre del año 1964.

 Jacinto S. Martín   

lunes, 5 de octubre de 2020

El dictado del ciego



                             A mi prima Amalia Aranda que sabe que todo lo que se cuenta es cierto.

«Creo que nos quedamos ciegos, creo que estamos ciegos, ciegos que ven, ciegos que, viendo, no ven.» [José Saramago]

 En la celebérrima, muy noble y leal ciudad de Arahal, la tarde de noviembre cada vez se inquietaba más. Llegaban puntuales casi todos los examinandos. Se trataba de buscar trabajo en la ONCE entre personas con un por lo menos setenta y cinco por ciento de incapacidad.

Aspiraban al puesto: El Tubería, que hablaba con sonidos sordos guturales como un desagüe; Tolocasco, chivato siempre activo; el Enano, gigantón algo alelado, que «combebía» con todo el que se presentara; Pepe Voz de Vaca, que olía a hierba y casi mugía al hablar; el Vitaminas, flaco y débil como su nombre indicaba; el Hincha, gordo inflado que despreciaba el fútbol; el Tornillo, envuelto en sí mismo como una tuerca o una pasta hélice; el Mantecas, que hasta su desgracia había sido carnicero; el Pirata que enrollaba la pierna izquierda en una vieja muleta costrosa y había perdido un ojo que mal disimulaba con una cortinilla negra; Juana la Petanca aficionada a los hombres y al juego; El Contra, bizco de nacimiento, del que decían que tenía un ojo contra el Gobierno,  y Pepe el León que, aunque manco del brazo izquierdo y retraído, era más capaz que el mismo delegado «oncero». Inteligente y memorioso, no olvidaba jamás lo que leía. Pudo ejercer de maestro, pero Pepe afirmaba, equivocadamente, que ser maestro es una de las cosas más tristes que puede ser un hombre.

Aunque todos sabían que de la fortuna no se puede esperar gran cosa sino traición, paseaban nerviosos delante de la puerta de la oficinilla. El Contra intentaba tranquilizar a la tropa: «No os pongáis nerviosos, la vida es corta y aburrida; nos la pasamos siempre deseando. Así que si no sale esto, ya desearemos otra cosa»

 Los gritos de don Francisco el delegado se oían por toda la placita redonda y cubierta de albero, como ruedo  sin espectadores, en la que se situaba la estrecha oficina. Sólo el viento en las jacarandas simulaba un extraño y violáceo pasodoble. A don Francisco, corpulento y grasiento, le habían enviado de Madrid las normas a las que se tenían que ajustar las pruebas de los futuros vendedores de esperanza, el gran estorbo de vivir.

No conseguía leerlas. Pasaba una y otra vez las hinchadas manos sobre el punzante papel en braille, sin adivinar qué querían decirle. Se raspaba las manos en un sinsentido extraño, se le abultaba el belfo de la boca, hasta que descubrió la broma: uno de los empleados de la oficina había conseguido colocar dentro del sobre oficial, perfectamente recortado con las medidas exactas del documento, un papel de lija de imposible adivinación. Esa era la causa de las maldiciones que retumbaban por la pequeña oficina y transmitía el eco por la placita de albero: «Leche puta, ¿esto qué es? ¡Me cago en “to” lo que se mueva! ¡Como descubra al zorromorro que hizo la gracia, se entera!»

Por fin abrieron el auténtico sobre que venía de Madrid con la prueba. Aun así seguía gritando, pero por motivo distinto: la pava que preparaban para matar en Navidades, para la que faltaban pocos días, había caído al pozo de la casa después de un torpe vuelo al intentar cogerla y la criada se había quemado la mano con la plancha. El ciego, a quien la naturaleza crió inclinado a la tierra, siervo de su vientre, gritaba: «que dejen a la Loli (la muchacha) y se ocupen de la pava.»

Así se hizo. Cuando lograron sacarla del pozo en una cesta que sustituyó al viejo cubo, la cubrieron con una manta pues el animal tiritaba de frío. Don Francisco el ciego ordenó que le dieran una botella de coñac antes de que se muriera. La pava cogió una cogorza que la movía de una a otra parte del corral como papel en callejón un día de viento. Era casi un borracho franquista cuando las penas se aliviaban con litro y medio. El ciego sostenía que, como se había cargado entera la botella del 501, la carne estaría más tierna y tendría mejor sabor. En la cima de la desesperación gritaba: "Que la metan un rato en el horno de la panadería de la calle Pozo Dulce antes de que palme".

 Loli estuvo desocupada todo el día, pues las quemaduras habían sido de cierta importancia. Olía a vinagre con el que había empapado su mano y lloraba en el corral junto a la pava tambaleante.

Por fin, una hora después de lo previsto se empezó el ejercicio. Don Francisco, que era libre como el viento, tiró a la papelera la prueba madrileña, un dictado extraño que en letras mayúsculas decía: «BERNABÉ ERA UN JOVEN CALAVERA EMPONZOÑADO DE WHISKY».

A continuación les entregó un lápiz a los pobres examinandos y dictó rápidamente en vista del escaso tiempo que les quedaba después del incidente del papel de lija, de la desgracia pavera y de la quemadura de la Loli. Se alinearon en dos grupos, uno de cinco y otro de seis, once, en los pupitres de un colegio cercano junto a la iglesia de la Magdalena, que se alzaba soberbia sobre las casas pequeñas y encaladas, y acompañado de Federico, su fiel secretario, tronó el dictado. Corto y genial a un tiempo. Por las blanqueadas paredes del aula resonó la voz del ciego: «Veo muchas caras y pocos destinos» y luego: «¡Atiendan, sólo lo repetiré una vez! ¡Ah, no se les olvide que deben escribir en letras mayúsculas!».

Don Francisco tronó: «VICKS VAPORUB».

 Ese fue el dictado. Cuando terminó la prueba, extraña y veloz como un rayo, Federico,el secretario, corrigió el tremendo desaguisado: Bis baporú, escribió uno de ellos. Otro: 'Visva porús'. Un tercero: 'Yo vi vapor y tú?' El cuarto de la fila de la izquierda dejó en el papel: 'Bisbasposrus'. Estaba orgulloso porque sabía que viniendo de Madrid tenía que escribirse con muchas eses. El siguiente, pensando que aquello venía del Régimen, escribió Biba Franco y biba tú. Viki va porú, dijo otro de los ínclitos. Se amontonaban las genialidades: 'Yolobiyaytú'; 'Biclimú'; (Yo creo que me ha salido bien, decía éste); 'Bibatú', y debajo, Pa don Francisco; 'Vi bapó uf', dijo el décimo.

 Pepe el León escribió Vicks Vaporub y explicó  que era un ungüento descubierto por un farmacéutico de Carolina del Norte y que Vicks era el nombre de su cuñado. Lo sé de muy buena tinta, decía Pepe el León que hacía honor a su nombre. Este fue el primero que rechazaron. «Tíralo a la papelera, que “pa” vender “iguales” no hace falta saber tanto», dijo don Francisco, soberbio, con el belfo brillante de saliva.

 No comprendo cómo con un dictado tan fácil se puede hacer tan mal, decía el ciego, indignado. Por fin, el jurado consular – don Francisco y Federico -  y Pepita la administrativa, que solo creía en Dios y en el Corte Inglés, se retiraron a deliberar.

Federico, Federico, vamos a quedarnos con el que habla de Franco que luego «to» se sabe, dijo astutamente don Francisco. Federico, Federico, mira: 'cuando se convoque otra plaza llamamos al otro pelota'.

 Era ya adulto el invierno. La tarde se había puesto roja con unas nubes bajas amenazantes con sabor a fresa. Las jacarandas habían manchado el suelo con su pegamento violeta. Cuando los humillados y vencidos examinados cruzaron la plazuela, una ráfaga de viento oscuro los ocultó.

Arahal, 30 de noviembre de 1968.

Jacinto S. Martín


lunes, 28 de septiembre de 2020

Moscú - capítulo 3 y último

A JUAN CERDERA SOLA Y A MARÍA VARGAS MARTÍNEZ, CON QUIENES COMPARTIMOS NUESTRO CARIÑO POR VÍCTOR.






Al llegar a Osuna escampó. Un sol, blando y misericordioso, dejó caer sobre el viejo mercancías una última limosna de luz. Olía a alpechín. En la estación,  en soledad, un niño de unos catorce años esperaba el tren. Llevaba una maleta y un libro.

—¡De Osuna, ni la luna...! Después del grito, Pepe bajó de un salto y fue a ver al jefe. Ángel maniobró hasta detener la máquina, que resopló como un animal cansado que se echa a tus pies. El camarada volvió comiéndose una sardina-arenque. Se olía desde la cabina. El arenque aplastado se lo estaba comiendo a cara de perro.

 —¡Pepe, que todos somos hermanos de Dios!

—¡Hermanos de Dios, pero de la torta, no! Luego sacó otro pedazo de pan y otra sardina. Toma, come... y sonrió. Hacía viento, hacía mucho viento. En Osuna siempre reza el viento. Un viento que se enreda en las pitas, en las chumberas y que amenaza con llevarse la alta colegiata y el instituto, que vigilan el pueblo desde una colina.

De repente, un fuerte ruido les hizo volver la cabeza. El tren de Granada venía envuelto en una nube de polvo y apedreaba la estación con los guijarros que levantaba. Fueron rápidos a ver qué ocurría. Cuando la máquina se detuvo y se asentó el polvo, vieron que traía bajo las ruedas un triste acordeón de chapas. Un coche no respetó el paso a nivel y el tren lo arrolló. Bajaron, con el susto en el cuerpo, todos los viajeros. Al principio se lamentaban de la suerte de quien conducía el vehículo. Los lamentos y algunas oraciones adivinadas en los gestos duraron poco. Luego los comentarios se hicieron hostiles: «¡qué falta de prudencia!», «¡la gente no se entera!», «¿hasta cuándo nos van a tener aquí?»...

Fueron a ayudar al jefe de estación, que estaba blanco como un pajuelo. Lo acompañaron hasta donde estaba el cadáver del desafortunado y lo taparon con una manta. Pidieron a los curiosos que se fueran. Quedaron en silencio. La muerte siempre te recompensa con silencios.

 —¿Qué es morirse, Angelito?

 —Si nacer es salir de Cádiz, morirse es... llegar a Málaga. Posiblemente en Málaga te den la buena noticia de que te acompaña el hombre de Nazareth.

 —Si es más fácil... Mira: morirse es dejar de fumar, dejar de beber y dejar de darle cuerda al reloj. Somos un papel dando vueltas en un callejón, cuando, de pronto, se echa el viento. ¡Nada más!

—Yo estudié en Osuna. Un buen día decidieron que me viniera aquí. Recuerdo que aquella tarde después de un partido de fútbol cuando el sol repitió su simulacro de incendio tras los árboles, yo quedé con el balón redondo de las tristezas bajo el brazo, imitando el ocaso. De un balonazo se me había ido el niño que llevaba dentro. ¡Esto también es morirse!

—Ajó, ajó, ¡qué bien lo pensaron!, ¡qué mal te salió!

Yo, sin embargo, aprendí a leer y a escribir en la calle, pero siempre he tenido más libertad que tú. En la cocina de mi casa estaba siempre el gato echado y el aire bamboleaba la talega del pan, pero éramos libres.

—Pepe, la esclavitud y la libertad nos igualan, como a los raíles, como a los cables de la luz desde donde nos miran los mochuelos. A los dos sólo nos permiten el usufructo de la miseria.

 —¡FAI, FAI, eso es lo que hay!

—De la esclavitud y de la muerte sólo nos salva el chispazo eléctrico de enamorarse. La mujer es la sal en la sopa sosa del mundo, la mágica bebida que te aumenta la sed. Es muy importante que no se cumpla del todo el deseo.

—Lo malo de querer algo es que te lo den.

—Uno se enamora un día, porque la química te lo exige.

 —Todos sentimos un chispazo alguna vez. Puede ser cualquiera la que te dé el lambreazo. Luego la persigues como un cazador.

—Pepe, decía un escritor, pobre como nosotros, que «no todas las hermosuras enamoran; que algunas alegran la vista, pero no rinden la voluntad». En esto estaban «tal que estar, tal que estar» cuando el jefe de estación les dijo que la vía estaba libre. Y salieron de Osuna con un regusto amargo de tragedia.

 Cruzaron los campos rojos de Pedrera. Cuando llegaron a Antequera, apenas se distinguía el boceto a carboncillo de la Peña de los Enamorados.

—Angelito, voy a tener que dejar esto. ¡Tú no sabes cómo me duele la espalda! Un día de éstos me voy a quedar «doblao» como un langostino.

—¡No, hombre, tú estás fuerte! ¡Dios siempre te echará una mano!

—Para llamar a Dios hay que poner el grito en el cielo. Y luego... este trabajo es tan penoso, tan triste, que hace llorar a los cochinos.

 —¡Hombre, eso no es así!

—¡Pues si no es así, será «asao»! La vida es una faena. De la dehesa feliz de la niñez te llevan al ruedo del miedo y se te echan encima todas las fechorías: te dan los primeros capotazos, te aplacan la ira con banderillas y te pican desde el caballo ciego de la suerte. Luego, cuando por fin te rindes, los demás te pagan con la moneda de la indiferencia. Si aguantas en el ruedo del tiempo, se quejan de tu tardanza en irte, y te dan el primer aviso, el de la soledad, el segundo del desamor y el tercero del desprecio. ¡No hay que pasarse del cuarto de hora fijado para la faena! A este pulpo —dijo señalándose el pecho con el índice—, ya le han «dao» los tres sustos. Les dieron la salida.

 Málaga, ya cercana, marcaba el final de una jornada de trabajo de más de catorce horas. La oscuridad los hermanó aún más en la conversación.

—Ir a Málaga es resucitar en la explosión de la luz después de morir lentamente en los túneles. Málaga es el paraíso desplomándose lento en el mar, la playa mordida por las olas..., la libertad.

—Angelito, eso que acabas de decir es lo que les tienen inculcado a los que leen.

 Cuando entraron en Málaga, la «Soledad» se cubrió con el jersey negro de la noche y se remansó en el quinto andén de la estación. Pepe desenganchó los vagones de la máquina y los dejó en la vía de lomo de asno de la estación para que fueran dirigidos a las vías correspondientes. Luego bajaron de la vieja 040-2204 y, cansados, entraron en los barracones. Cogieron los charnaques de madera y los colchones de borra y se echaron en ellos con las manos en la nuca.

Entró Vega, uno de los maquinistas que acababa de llegar de Madrid y saludó:

—¡Hombre, don Ángel Martín Sidi!, ¿qué hay? 

—¡Lo normal... nada de nada!

 —Y a ti, Pepe, ¿cómo te va la vida?

 —¡Vega, la vida es una mierda! 

— ¿Y eso quién lo ha dicho? 

—¡Eso lo ha dicho MOSCÚ!

 

Epílogo:

 Pepe Rojo Cabañas, MOSCÚ, murió en Utrera diez años después. Tenía sesenta años. Había trabajado como fogonero en el «Virgen de la Soledad» durante cuarenta y no había agotado aún los tres avisos de la faena. Ángel fue a su casa e intentó convencerlo para que se pusiera a bien con Dios. Se acercó a la cabecera de la cama y le dijo:

 —Pepe, ¿quieres que llame a don José el cura? ¡Mira que si luego hay algo, te vas a llevar un chasco!

 El cura, que ya estaba allí, se acercó y le dijo al oído: «Hijo mío, ¿quieres confesarte de algo que creas que no has hecho bien?»

 El último hilo de voz de MOSCÚ resonó en la alcoba: «¡Gracias, padre, estoy “servío”!»

 

 

Granada, 28 de septiembre del año 2020

Jacinto S. Martín

domingo, 27 de septiembre de 2020

Moscú - capítulo 2

 A JUAN CERDERA SOLA Y A MARÍA VARGAS MARTÍNEZ CON QUIENES COMPARTIMOS NUESTRO CARIÑO POR VÍCTOR.





En ese momento, recordó Ángel  la noche que fue a Utrera a visitar a Pepe y a su familia. Llovía. La música miserable de las goteras, clincloneando en los cubos de cinc y en las latas vacías de las conservas, ponía música de fondo a su conversación. El Chopin de la lluvia, pobre, de andar por el barrio, interpretaba un proletario preludio de la gota de agua.

Pepe lo llevó a su habitación y levantando una sábana le dijo: ¡Ahí la tienes, mi amiga la radio! La enchufó. Entre el silbido permanente de los pájaros de las interferencias, se oyó levemente: «Aquí, Radio España Independiente, emisora de radio de onda corta». La Pirenaica insistía en la injusticia de los beneficios de los grandes monopolistas a costa del sudor de los obreros.

Después fue a su mesilla de noche y sacó de entre los calcetines el carnet del P.C.E.: José Rojo Cabañas, fogonero. ¿Sabes ya por qué sé lo que hay que saber?, le dijo. Desde ese momento, Ángel supo cuáles eran los pocos conocimientos de su amigo; pocos, pero inmutables.

—¡Angelito, que te duermes! ¡Vamos que ya nos han dado la salida!

 —¿Ya nos vamos?

—¡Digo yo!

Un trapo verde ondeaba por encima de la cabeza del jefe de estación. Los huesos del mercancías temblaron y serpenteando, a poca velocidad, salieron de Jerez. La ciudad, bodeguera y sombría, se fue quedando atrás como los sueños imposibles.

 

Vamos a Utrera, dijo Pepe y cantiñeó bronco y mal. Luego añadió: «me voy atrás, que antes de llegar al terraplén me esperan los niños, afloja lo que puedas que hoy van a tener un saco de garbanzos, otro de fideos y una caja de gambas blancas». Cuando llegaron al sitio indicado, Pepe arrojó con cuidado los bienes de «intendencia». Tres niños se afanaban en recoger el envío. Luego, el camarada Rojo Cabañas volvió a la cabina, echó tres paletadas de carbón y el fogón se enfureció avivando la llama.

Como Ángel estaba en silencio, Pepe se justificaba.

 —¡Tú, cura arrepentido, que sepas que eso no es robar, que eso es cobrarme las plusvalías de mi trabajo!

 —¡Tú verás! 

—¡Menos campanas y más yunques! Que sepas, Angelito, que es la realidad la que determina la conciencia, y no al revés como tú crees. Pepe era una tabla rasa apenas rayada y, sin embargo, sus pocas ideas tenían fuerza. 

El sol del mediodía —redondo y dorado como un mostachón— y el calor del fogón les obligaban a beber continuamente de un botijo tiznado. La cara de Pepe estaba teñida de negro. A lo lejos un cielo azul claro protegía las primeras casas de Utrera. Vamos a comer y a beber algo que estamos ajustados a seco, dijo Pepe. Estuvieron parados más de dos horas.

Hasta les dio tiempo a comprar lotería. Nunca se sabe, decía Pepe, hoy te puede dar a ti un «jamacuco» y quedarte tieso y mañana me puede tocar a mí la lotería: ¡así es la vida! Les llamó la atención la publicidad del lotero, que se movía a cambaladas como si estuviera cambiando de vagón con el tren en marcha: ¡Lotería de Córdoba! ¡Esto no tocó nunca! Además, ¿para qué queréis dinero? Si os toca algo, vais a tener más preocupaciones. Yo... si queréis os la vendo. El viejo iba rodeado de hombres que le pedían un décimo y acababa vendiendo toda su desafortunada mercancía. Mientras comían, Pepe insistió en la pregunta de siempre:

 —¿Y tú, por qué cojones ganas cuarenta duros más que yo?, ¿se puede saber?

—Yo soy el maquinista y tú, el fogonero.

 —¿Y eso qué tiene que ver? Yo tengo seis hijos y tú, uno. A cada uno según sus necesidades.

 —Pero, Pepe, tú sólo sabes echar paletadas de carbón...

 —De cada uno según sus capacidades.

 —Roma locuta est, causa finita est. Roma ha hablado, la cuestión ha terminado.

—¡No hace falta saber tanto! A mí no me chulees con latinajos. Yo me meo en Roma y me sobra «meao». ¿Sabes lo que te pasa? Que tú no crees en la igualdad y toda tu vida serás un cliente, pero nunca un ciudadano.

—¿Y eso qué quiere decir?

—¡Yo me entiendo!

Al salir de la cantina, el tiempo, el caprichoso cambiador, el que viste con ropajes confusos la quietud de las cosas, lo había puesto todo triste, con una tristeza descuidada, plomiza de tormenta. El mercancías, con calma y sin alma, esperaba reemprender la huida hacia adelante, lenta y sin nostalgia.

«La Soledad» se puso en marcha. Cruzaron El Viso, El Sorbito y El Empalme Morón. Luego vieron a lo lejos Arahal, un Getsemaní de olivos. Cuando detuvieron el mercancías, Pepe Rojo dijo en voz baja: «De enero a enero, en Arahal, puchero.»

Una tensa calma anunciaba el llanto gris del aguacero. Eran casi las cuatro de la tarde. La mujer del jefe de estación les preparó un café. ¿Queréis una copita de aguardiente? Gracias, cuando pase un rato, dijo el camarada Rojo Cabañas e inmediatamente apostilló: «ya pasó». Amparo, la jefa, sonrió.

Desde el pequeño salón de la casa se veía el andén. Había gente que esperaba al tren que venía de Marchena. Vieron que una niña colocó sobre el riel una peseta de las del 53 —las del Franco de la cara gorda— para que al pasar la máquina la aplastara y así recoger la peligrosa obra de arte.

Ángel quiso salir a echarle la bronca a los padres, pero Pepe lo retuvo: «de alguna manera alguien tiene que aplastarlo, ¿no?». Una hora después pasó la «cochinita», plateada y con el retraso acostumbrado. Le agradecieron el café a la mujer y fueron a ver al jefe. Todavía estaba rinringueando con el teléfono negro, cucaracha negra gigante en la blancura de la pared, para avisar de la salida del «marchenero» a los del Empalme. En un rincón destacaba la vieja estufa de leña. Bajo la chapa que protegía el andén, una chillería de murciélagos rompía un silencio verde que venía de los trigales.

 —Yo viví aquí, dijo Ángel. Aquí conocí exactamente el lugar en donde anida el pájaro del pánico.

 —¿Cuándo?

—Cuando a la gente que ya se sabía todas las respuestas, los tiempos les cambiaron todas las preguntas. Los que daban limosna a campanazos quedaron confusos.

 —Angelito, la justicia debe ahogar a la caridad. Los bienes, si no son comunicados, no son bienes; provocan males.

—Pero nunca puede justificarse la muerte de un hombre.

 —Hace veinte años aquí, como en toda España, mandaron los caínes.

 —¿Qué se le puede pedir a un salvaje? Lo derecho del arco es estarse torcido.

La «Soledad» avanzaba por la campiña en un silencio pactado. Comenzó a llover. Muchas veces habíamos hecho este recorrido bajo la lluvia, viajes de campo llorado.  Dios hace salir su sol sobre los buenos y los malos, y llueve sobre los injustos y los justos.

 Llegaron a Marchena y de nuevo los apartaron al tercer andén.

—Siempre al margen: los peregrinos tenemos muchas posadas y pocas amistades.

—¡Hombre, eso no! Aquí cuando un hombre exprime la nada y se enclaustra su grito en el puño cerrado, por momentos se aplasta el pez de la miseria y el vergonzante pan de la limosna. Aquí en el Sur, las manos de la rabia contenida te amenazan tan sólo con un cante.

 —¡Ahí has estado bien, Angelito!, pero que sepas, camarada, que a nosotros nadie nos incomoda, porque en España hay un respeto permanente por lo inútil.

La vieja y orgullosa locomotora de carbón salió de Marchena lentamente, silbando, jadeando, envuelta en humo. El humo le sienta bien. Un perfume limpio de campo y un borrón de hollín nos acompañaron hasta Ojuelos. En las lomas, entre el señorío de los caballos, decenas de toros dibujaban en negro el temor y la suerte y la muerte. Sobre los toros negros, los espurgabueyes ponían una nota de blancura. El ruido de los vagones descoyuntados del mercancías, clickety-clack, clickety-clac, clickety-clack, apagó la conversación y las palabras no se oían, solo se adivinaban como en los sueños.

 

 

 

 


sábado, 26 de septiembre de 2020

Moscú - capítulo 1

 Este relato cierto, dividido en tres capítulos para su mejor lectura, está dedicado con toda justicia a  Juan Cerdera Sola  y a  María Vargas Martínez con quienes compartimos nuestro amor por nuestro nieto Víctor. 




 «Las ideologías nos separan, los sueños y la angustia nos unen.» [Eugène Ionesco]

 Aún no se distinguía el hilo blanco del hilo negro, cuando abrigado de soledad, un hombre, enfundado en un mono azul bajo un chaquetón de paño, se dirigía por la acera del puerto hasta la vieja estación del tren. Iba perfumado de olor a café de cebada y a pan tostado y a colonia barata con la que curó el arañazo que le dejó el afeitado. En su cara, tres papelillos de fumar confirmaban la pelea diaria con la cuchilla de las tres letras. Un barco mercante bostezaba en el puerto y su bocinazo hacía temblar las verjas oxidadas. En media hora, el hombre del mono azul confundía la claridad del humo blanco de la locomotora con su propio vaho. Una espesa niebla hacía de Cádiz un Londres misterioso. La roja estrellita del cigarro iluminaba la bocanada de humo sobre las manos encallecidas. Cuatro nubes para una misma confusión de sombras.

Una imprecisa línea de luz quería romper la noche, cuando otro hombre, también enfundado en un mono azul, cruzaba la avenida entre el ruido húmedo de los primeros coches en el asfalto mojado. El hombre alzaba el cuello de una pelliza vieja, para no ser guillotinado por el viento marero. Iba perfumado de café y llevaba un libro pequeño en el bolsillo izquierdo. A veces un libro puede abrigarte el corazón. El mar sonaba tan cerca que amenazaba con empaparlo todo de sonidos azules. Un respirar cansino, acompasado, anunciaba la entrada en la estación de un viejo tren. Se arrastraban los huesos del expreso por la igualdad matemática de los raíles. Las luces de la estación se esforzaban por romper la niebla. Ángel entró en la cantina y el chuuuufff de la cafetera le hizo girar la cabeza. Olía a colillas y a «fli».

 En un rincón del mostrador, acodado en la barra estaba Pepe.

 —Pepe, buenos días. ¿Qué hay?

—¿Qué va a haber? ¡Lo normal... nada de nada! ¡Vamos, Angelito, que se hace tarde!

 En el reloj de la estación, el minutero había derrapado al tomar la curva del seis. Las cinco y media pasadas. El que levanta a un hombre a estas horas no es un hombre, es un criminal, farfulló Pepe. Ángel se había adelantado y de un salto subió a la máquina. Esperó un poco a que su compañero cebase el fogón con varias paletadas de carbón. La máquina cogió presión. Las seis.

 —¡Vamos!

—¿A Málaga?

 —Sí, a Málaga. Quince vagones, como siempre.

 Ángel movió la manilla y la máquina empezó a moverse lentamente. La locomotora, una Mikado que arrastraba una composición de mercancías,  arrancó orgullosa, silbando, jadeando, envuelta en humo. Pararon en la tercera aguada y llenaron el ténder. Luego se encontraron en la estéril libertad del istmo. El viento de levante disparaba perdigonazos de arena, que repicaban sobre la placa en la que destacaba el nombre de la máquina: «Virgen de la Soledad». Se sentían acosados por los dientes de espuma del Atlántico. Amanecía. Escoltado de azules, el mercancías cortaba el tejido del océano que se quejaba con un chillar de gaviotas. Por fin, las pirámides de sal de San Fernando blanquearon el nuevo día.

 —¡Que seáis como el fuego, el agua y la sal! 

—Angelito, ya empezamos. ¡Te sale el cura que llevas dentro!

—¿Y tú?

—Yo sólo creo que nos muerden las conciencias.

—Y eso, ¿quién lo dice?

—¡Eso lo ha dicho MOSCÚ!

 Por las tierras albarizas de Jerez, la «Soledad», una vieja locomotora bronquítica, arrastraba su carga lentamente. Aunque era octubre,  aún estaban aserpiando las viñas, alumbrándolas para hacer frente a las lluvias de invierno. El aire bodeguero traía olor a fino, a pedrojiménez, a oloroso... Jerez de la Frontera, donde unos pocos tienen un mucho y muchos, muchos, tienen muy poco. Los pocos del mucho se levantan a las doce, sea de día o no sea, y se perfuman el pañuelo con Real Tesoro; los muchos del poco se levantan tan temprano, que parece que van a quemar avisperos.

—Sabes, Angelito, que una vez me examiné para entrar en Correos y me preguntaron cuáles eran las tres ciudades más importantes del mundo, y yo «que estaba un poco “indispuesto”» contesté: Jerez, El Puerto y Sanlúcar. Puede retirarse, me dijo el 'tolucamen' que presidía el tribunal. Yo salí, pero agregué, con un lento 'semiladrao': "Po-si-ble-men-te no lo se-an, pe-rooo te-ní-an que ser-lo".

—Andar siempre con la cartera de cuero a cuestas, te habría rebajado los hombros.

—¡No hay que rebajarse ni ante nada, ni ante nadie!

—¡Bueno, pero la Geografía tenías que sabértela! Hay que saber dónde se está de pie. No podemos ir por el mundo como un bulto sin etiquetas.

—¿La Geografía es tan importante? ¿Qué me importa a mí dónde está Sada o Medinaceli o Niebla? La verdad es que a mí me importan pocas cosas. Con un poco de pan, un poco de vino y una cama tengo más que de sobra.

 —¡El vino no tan poco, que nos conocemos!

 —¡A lo que no tiene remedio... litro y medio!

La «Soledad» había quedado parada en la estación en el tercer andén, ajeno al principal en donde se mezclaba la vida: un cóctel de gentes con prisa, sonidos de campanas, pregones de dulces o de billetes de lotería, mozos de estación...

 —¿Aquí cuánto tiempo nos va a tener ahora, el 'pepóyica' del jefe de estación?

—Y a ti, ¿ qué más te da? ¿Tú no querías cuando eras  niño que los Reyes te regalaran un tren para jugar con él todo el día?, pues ya lo tienes. Seguro que los hijos de los ricos, que siempre tuvieron enchufe con los Magos, han perdido el tren que les regalaron... hasta en su memoria. Tú llevas treinta años jugando con el tren que nunca te echaron. Además, Pepe, los últimos serán los primeros...

—Mira, Angelito, Jesucristo me cae bien, pero con el resto de la Biblia no puedo. Es cosa de locos, ver a cien personas en una iglesia repitiendo: ¡Que se me pegue la lengua en el paladar, si me olvido tu nombre, Dios mío! ¡Ni que estuviéramos en Estepa comiendo mantecados en el mes de agosto!

 —¡Deja que cada uno haga lo que quiera!

 —No, si yo los dejo... Está visto que esta vida es un saco de caracoles y cada uno saca los cuernos por donde puede. Ángel bajó a comprar el periódico. La portada traía la fotografía de Baroja. El pie de foto decía: «Ayer 30 de octubre, falleció en Madrid Pío Baroja. Esta mañana se celebró el sepelio del escritor. Presidió el ministro de Educación Nacional».

—Y este Pío, ¿ qué tipo de pájaro era? ¡Seguro, que era un rico! Ningún escritor de éstos viene a redimirnos. Se llenan las cabezas de tonterías para matar el tiempo.

 —Estos que escriben son ricos en tiempo; nosotros sólo tenemos jornales de minutos. Nuestro tiempo está malcomido y apenas digerido; por eso, un día, de pronto, nos damos cuenta de que ya tenemos cincuenta años, como si se nos hubiera caído encima la estantería de los días al pretender agarrarnos a la biblioteca de los recuerdos.

—A veces parece que piensas por ti mismo. Pero, ¿ cómo era este hombre?

—Pues más o menos como tú, pero sabía leer y escribir. Don Pío era médico, periodista y escritor. Estaba tan preocupado como tú por los de abajo. Le gustaba la literatura rusa y leía también a Nietzsche

—Entonces este tío no era ni meapilas, ni comehostias, ¿no?

 —¡No! Era un tío que no creía en nadie, ni en nada: ni en Dios, ni en hombres, ni en mujeres. Lo han enterrado en el Cementerio Civil de Madrid.

—Que sepas, Angelito, que la religión es el suspiro de los débiles, el corazón de un mundo sin corazón, el espíritu de los tiempos privados de espíritu. La religión es el opio del pueblo. 

Ángel se asombró de la retahíla de pensamientos, perfectamente memorizados, que Pepe enhebró sin titubeos y, extrañado, le preguntó:

 —¿Y a ti quién te ha dicho eso?

 —¡Eso lo ha dicho MOSCÚ! 

Ésta era siempre la respuesta final de Pepe, su último argumento, de manera que todos acabaron conociéndolo más que por su nombre, por su mote: MOSCÚ.