Jacinto S. Martín (De la Academia de Buenas Letras de Granada)
Hay un permanente milagro de alegría en “El Provincias”. El gris tristeza tiene prohibido su derecho de admisión y queda fuera en la calle en la que nunca se pone el sol. Con el ruido se multiplican los panes y los peces y en cálices de cristal se alegra el vino. Estamos en la granadina calle Provincias, Callejón del Gato valleinclanesco, ordenación anárquica de voces que apenas te dejan oír la lección detallada del recuerdo.
Desde “El Provincias” saltamos al Gijón madrileño y sonaron las voces de un viejo diálogo captado por un joven en el que los glóbulos rojos llevaban la marca de la literatura. La literatura es una forma de vivir. Han pasado cincuenta años, el tiempo de un chasquido con los dedos, pero las voces suenan nuevas. “Serio y triste-verdoso como el viejo ciprés, Gerardo Diego que casi nunca decía nada, si acaso un monosílabo como respuesta, se atrevió a afirmar: “Antes del incendio, Santander era más importante que París”.
Oroza, el poeta gallego de un solo poema, “Évame” (Oh eva / évame malú / évame malú malú), irrespetuoso, se dirigió al maestro: “Tócate los huevos”, y el escritor del veintisiete, serio y triste-verdoso como un ciprés, desapareció en el espacio y en el tiempo para siempre”.
“En el Gijón quedaron indiferentes, Antonio Hernández, el gris ceniza de Buero Vallejo (“ahí viene Buero Vallejo que en paz descanse”), Antonio Colinas, Diego Jesús Jiménez y Umbral, tan gran escritor como mala persona. A éste lo noqueó un dramaturgo indiano -que volvió pobre- cuando supo que era umbraliana la cruel crítica de su obra leída en el Ateneo”.
Añorábamos el pasado madrileño desde el presente granadino. “El Provincias” era un “Gijón” lleno de vida, Granada y Madrid se fundían en el recuerdo. “Aldecoa, cáustico y alegre, censuraba, joven y lleno de literatura, a quienes luego retrataba en sus relatos magistrales. García Pavón afirmaba que salir de copas con Manuel Álvarez Ortega no tenía interés alguno, pues siempre se sabía quién iba a pagar.
Había en “El Provincias” -como en el “Gijón”- un nudo de gente en pie entre la barra y las mesas. En el centro, unas muchachas en flor enrojecían como amapolas al compás del vino y gritaban de epístola a evangelio un “cumpleaños feliz” desgañitado a un joven que, pagano impenitente, posiblemente aguardara la ocasión en un bosque de alcobas de convertir en señora de Feroz a la caperucita encarnada por el ribera del Duero.
Un poeta grande, clásico, amigo de la casa, servía de camarero, y quiso acabar con un postre de queso. Jorge nos plantó un queso redondo como luna de plata, que iluminó la última mesa en la que se acomodaba el académico cuarteto y que fue devuelto después de un violento gañafón. Todo era amable, la vida quedaba fuera pero bullía dentro.
Mientras el tercer hombre nos hablaba de su viaje a Amsterdam, el alambique de la memoria de mi amigo seguía destilando el pasado: “En aquel tiempo de mis visitas al Gijón, en el Alto Estado Mayor el general, lento y azul como una división en las llanuras rusas, desayunaba dos huevos fritos y una pepsi-cola”.
Esta es la hermandad anárquica del Provincias, que sabe a literatura y a pescado frito, a gambas al pil-pil y al picante ambiente de la mejor bohemia. En “El Provincias”, caña embutida en el alto tubo del callejón sombrío, vecino de Bib-Rambla y de la conservadora catedral, siempre sumisa, nunca se pone el sol mientras la felicidad se confunde con la amistad y el tiempo se condensa en los relojes.
GRANADA, 2013, celebración de la jubilación




