Relatos Cortos - ¿Tienes las llaves?...
Blog de relatos cortos de actualización mensual coordinado con entoncesabre.blogspot.com.
lunes, 20 de abril de 2026
domingo, 22 de marzo de 2026
Ganivet y el hundimiento del Maine
GANIVET
Y EL HUNDIMIENTO DEL MAINE
Cuando a mi llegada a Riga acudí al Consulado, para visitar a Von Brück y hacerme cargo de mi gris ocupación, me irrité profundamente. En el Düna Zeitung leí las contrarias opiniones a España. La crítica era feroz, nos daban por vencidos antes de tiempo, como si quisieran cobrarse una vieja y antigua deuda con quienes soberbiamente habían dominado el mundo. Siempre hay una memoria colectiva que no perdona.
El líder insurrecto
Calixto García se presentaba a la opinión pública como víctima del general
Weiler, mezclándose razones y pretextos, hechos reales y fantasías tendenciosas
que remueven los posos de la clásica leyenda negra.
Estados Unidos, con
los pueblos libres del mundo, ese era el indignante titular. El subtítulo
insistía La opinión pública estadounidense se pronuncia
violentamente en contra de España.
Todos
sabíamos que la voladura del acorazado norteamericano 'Maine', ocurrida a las
9:40 de la noche del 15 de febrero de 1898 en la bahía de La Habana era el
pretexto de los "liberadores" para recolonizar la colonia, una vez
conseguida la independencia de España. El Maine , que se encontraba fondeado en
la bahía desde el 25 de enero y que había llegado a La Habana a petición de
Míster Lee, cónsul de Estados Unidos en la capital cubana, fue el pretexto para
la intervención del gobierno norteamericano. Fue una campaña perfectamente
orquestada por los mangantes (magnates, quiero decir) de la prensa
estadounidense William R. Hearst y Joseph Pulitzer, propietario del periódico
'The World'.
Con doscientos sesenta
y seis muertos pagaron los "libertadores" el precio de la colonia.
¡Dios mío, cuánto desprecio por las personas! ¿A nadie le importa la dignidad
del hombre?
La prensa española
tampoco estuvo demasiado prudente. Leí los periódicos que me mandaron desde
Granada:
Que el Maine se
hundió en los mares,
que hizo ¡patapún!
Bien están con los
atunes...
esos pedazos de atún.
Claro
que nada es sorprendente: ni el ataque de la prensa nórdica contra España, ni
la ramplonería de la prensa española. Feliciano Miranda, mi amigo de la
Cofradía, decía que hasta los muertos en accidente tenían que informar al
responsable de la sección si querían aparecer como noticia.
Los titulares de la
prensa española también eran gloriosos:
Frente al vacío y a
la corrupción norteamericana, las virtudes de la raza española triunfarán.
Los voluntarios
españoles, ansiosos de desplumar al águila americana.
Perdido
el rumbo, cualquier idiotez puede servir y cualquier idiota nos puede guiar a
la ruina espiritual so pretexto de que los hombres no caminan en ninguna
dirección y que hace falta que venga de vez en cuando un genio que los guíe.
La talla de nuestros
dirigentes políticos deja más que desear que la de nuestra prensa. Nuestra
política consiste sólo en ir tirando. Al final, si las cosas salen mal, se
limitan a gritar como gritaba don Quijote con arrogancia: No por culpa
mía, sino de mi caballo, estoy aquí tendido.
Si
preguntamos a un obrero de la ciudad qué opinión tiene sobre los hombres
y las cosas de España, sobre partidos, grupos y banderías, contesta
invariablemente que todos son lo mismo y todos creen que es un escéptico, que
está desengañado. ¡Grave error! Es que no se ha enterado todavía.
Lo de los malos
gobiernos es una vulgaridad cómoda para salir del paso. En todas partes hay
buenos y malos gobiernos y en nuestra patria son malos, pero no los peores.
Ocurre que nadie puede convencer a nadie, pues todo español tiene su propia
Constitución en la que aparece un solo artículo en el que claramente se dice:
"Este español hace lo que le da la gana".
Si se hace esta
misma pregunta a un trabajador del campo, no contesta nada y aquí se piensa que
no se ha enterado de lo que pasa; pero tampoco es exacto, la verdad rigurosa es
que no se ha enterado ni quiere enterarse. Si os tomáis la molestia de leer en
sus ojos, veréis en ellos la soberbia frase del cínico Diógenes al emperador
Alejandro: Apártate que me dé el sol.
Y
es que el pueblo oye decir que hay constituciones y leyes que le han
garantizado todos los derechos inherentes a la vida de los hombres libres y
después ve que en cuanto ocurre algo gordo se suspenden todas esas garantías, y
dice: ¿Conque todo eso no sirve más que cuando no sirve para nada? Sabe
el pueblo que existe un parlamento y ve que cuando llega el momento crítico se
cierra para desembarazar al Poder Ejecutivo, y dice: ¿Conque no sirve
más que para las cosas menudas?
Y
continúa arraigada en el pueblo la convicción de que si llegamos a vernos
enfrente de un verdadero peligro, habrá que derribarlo todo como una decoración
de teatro y quedarnos en pelo como nos quedamos en 1808.
Ese es el sentimiento
popular y esa es la parte flaca de nuestro sistema político que, en justicia,
procede lealmente al suplir con su acción la inacción popular. Bien es verdad
que nuestros hombres pierden el culo por un escaño. Yo he oído a un congresista
español lamentarse de que a España, es decir, a él, no le hubiesen dado más
representación que una cuarta secretaría; y lo digo para que conste que hay ya
españoles que se descuernan por ser secretarios cuartos de una mesa.
Ocurre que hay dos
grandes fuerzas de España: la que tira para atrás y la que corre hacia delante.
Van dislocadas por no querer entenderse y de esta discordia se aprovecha el
ejército neutral de los ramplones para hacer su agosto.
martes, 16 de septiembre de 2025
DOS ÁNGELES EN UNA MOTOCICLETA ELÉCTRICA
Dos ángeles
en una motocicleta eléctrica
Aún verano. En una
conocida avenida sevillana, dos niños de unos seis o siete años rompen el
centro de la calzada iluminando peligrosamente con la luz especial que tienen los niños
la chapa acelerada , ruidosa con olor a gasoil y sucia, de los coches que manejan con indiferencia los desclasados
personajes de la clase media.
El mayor conduce con habilidad una pequeña moto eléctrica entre los peligrosos coches que pueden acabar con la vida recién estrenada. Van
sin cascos. El que va detrás sólo cubre su cuerpecillo con un desteñido
bañador, con el que se tapó (única prenda
de su paupérrimo fondo de armario) durante el rojo latigazo del verano
de Sevilla. Lleva también unas invisibles alas que nadie distingue.
Desde un
coche dos mujeres graban la insólita aventura, y preguntan:
−
¿A dónde vais por ahí?
A mi casa, responde el habilidoso conductor, con voz
quebradiza y aguda de ángel desahuciado
de cualquier paraíso.
Las mujeres
aconsejan: − Id por la acera.
Con
habilidad, el ángel conductor logra
circular por la acera.
Se avisa a la policía, que no logra encontrarlos. En estos
crueles tiempos que marca el siglo XXI, es difícil encontrar ángeles a medio
vestir en medio de una avenida. Sólo aparecen, ya muertos, en las guerras que
los informativos de las indiferentes cadenas de televisión te muestran con
saña. Miles de ángeles muertos que las televisoras crueles aliñan con la
publicidad que te acosa con un “Comprad, comprad, malditos”.
¿A dónde
huyen estas criaturas?
Imagino su barrio de paredes a medio derruir, coronado de
esqueléticas antenas de televisores – que emiten cochambrosos programas – miles
de cigüeñas de alambres para quien quiera ser mentido una y otra vez.
Los ángeles-niños prefieren el juego en la calle hasta que la noche cae y
comprenden que deben comer algo, si hay, y dormir con sueños de triunfo en
carreras de motos de gran cilindrada. Así hasta el amanecer, cuando comprenden
que todo es una utopía que cualquier día puede romper un malnacido que ignora
que los niños – ¡pobrecitos míos! – son los únicos seres puros de este maldito
infierno publicitado.
No le he
dicho a nadie que tengo ganas de llorar, aunque las lágrimas se pierdan en
la permanente lluvia de la indiferencia, la sinrazón y de la falta de misericordia.
Nunca más sabré de ellos, ¡pobrecitos míos!, arropados en un
barrio sin alma. Al desaparecer, se me han muerto para siempre y un llanto
repetido, dolorosamente íntimo, me inunda como una catarata desilusionada y
amarga…
Y sin embargo una bocanada de aire limpio, puro, llena mi espíritu y me aúpa a la moto eléctrica con los angelitos de alas quebradizas, perdidos, ¡ay!, para siempre por las amplias y peligrosas avenidas de la vida futura, un porvenir que casi nunca llega.
Pienso que sólo les queda resistir...
Granada, 14
de septiembre de 2025.
Jacinto
Martín.
domingo, 20 de octubre de 2024
UN CITROËN NEGRO RUMBO A CÁDIZ (TERCERA Y ÚLTIMA PARTE)
Un citroën negro rumbo a Cádiz (3)
Cuando
soy feliz me siento Cádiz. (Rafael Alberti)
Un
muerto es la esperanza boca abajo. (Rafael Guillén)
De pronto, en el
atardecer rojizo y ventoso, ‘el muerto de todos los veranos’. Sólo se oía el ciego y triste susurro de la arena arrastrada por el viento. La guardia civil
nos paró. Mi padre, Vera, el cabo y yo bajamos a ver qué pasaba.
-
Hasta que no venga el juez no pueden
ustedes seguir.
Un hombre tapado con una manta, junto a
una guzzi antigua de color rojo, ocupaba la carretera en el mal estado de
siempre. En la cuneta, entre yerbajos, una empolvada gorra, una entreabierta capacha
con uvas, un poco de carne a medio comer y un pedazo de pan. Dijeron que volvía
a Cádiz después de haber trabajado en las viñas de una finca de Jerez.
-
Un muerto es ‘la esperanza boca abajo’, sólo
un nombre para un hombre, un presente quebrado, un pasado legado a la memoria,
una ilusión perdida y un futuro imposible…, pensé con una tristeza indefinida,
silenciosa y confusa.
Después de una hora de espera - mi padre
había acabado con el último cigarrillo del paquete de Caldo de Gallina - nos
dijeron que podíamos seguir.
La ‘voiture’, con lentitud entre dos
azules, recorría el istmo-mango que nos llevaba a la sartén de Cádiz. Saltó el
levante. El viento, estornudo del diablo, oxígeno revuelto en su locura, se
adueñaba de toda la bahía: las playas, los edificios de la ciudad y de los pueblos
cercanos. Aullaba mordiendo enfurecido los muros de las casas, las puertas, los
tejados y las esquinas de las calles; levantaba las olas que rugían temerosas
con un pespunte de miedo blanco en su espuma, taladraba la piedra arenisca de
las iglesias, hacía tabletear las persianas, y ametrallaba con plomillos de
arena la chapa de los coches que se atrevían, avanzando, a llevarle la
contraria. Hasta las 126 torres-miradores de la ciudad sentían miedo. Una locura que imponía silencio mientras
silbaba estrellándose contra las paredes de las bodegas, dormidas en la
oscuridad olorosa del vino.
Todos guardábamos silencio. Sólo Manola –
recordando su niñez y juventud junto a sus padres en la tacita de plata–
susurró un profundo ¡Cádiz de mi alma! cuando se vio escoltada por los dos
azules que enmarcaban el istmo azotado por el rojo latigazo del viento.
El sol, balón redondo que ya nos
anunciaba el próximo Trofeo Carranza, se zambulló en el salado horizonte entre
un arcoíris de rojos, anaranjados, amarillos, verdes, azules, añiles y desvaídos violetas.
Aunque todavía quedaba un punto de luz en la cúpula amarillenta de la catedral, estaba cayendo la tarde. Entonces el levante
aplacó su ira y se echó como perro dócil velazqueño ante la belleza ‘menina’ de
la novia del mar.
Con dificultad Vera nos llevó hasta la
explanada de la catedral, cerca del espigón de cubos picassianos. Allí se
despidió el cabo, ángel de la guarda de
la expedición. Lo vimos alejarse por el barrio de Santa María hasta desaparecer
ya para siempre, salvo en el rescoldo de la memoria.
Luego fuimos hasta el número 18 de la
calle Antonio López, y mis padres, mi tía Carmela, mis hermanos y yo bajamos
del Citroën, para avisar a Georgina de nuestra llegada. Se amontonaban las
maletas a la puerta de la casa mientras los coches se impacientaban y
comenzaban a pitar. Tenían prisa. ¡Qué arte para llegar deprisa a ninguna
parte!
Georgina, amable y gorda como un pollo
de gaviota, nos recibió con su salada
voz aguda: - Otra vez, Jacinto, te presentas sin avisar… siempre igual. Vamos a
ver si te buscamos algo por la casa en donde podáis quedaros.
Ya Manolo Vera, Manola, Manolito y Rafael
y la enigmática y oscura tía de los niños se habían ido hasta la casa alquilada a doña Carmen, una mujer amable, arrugada la cara como una pasa, falta de recursos, que cubría su escasez
alquilando una parte de la casa de la calle Manuel Rancés, muy cerca de Antonio
López. Situada la familia, Manolo aparcó la voiture en la plaza de San
Francisco y volvió con su familia.
Con un regusto amargo, después de doce
horas de cansino viaje, por fin llegábamos a la ciudad soñada, la de la salada
claridad, la estrella de los mares.
Granada, otoño del año 2024.
Jacinto S.Martín
lunes, 25 de marzo de 2024
UN CITROËN NEGRO RUMBO A CÁDIZ (SEGUNDA PARTE)
UN CITROËN NEGRO RUMBO A CÁDIZ (SEGUNDA PARTE)
El pasado no pasa nunca. Si hay algo que no pasa es el pasado. Está siempre. Somos memoria de nosotros mismos. Somos la memoria que tenemos. (José Saramago)
UN CITROËN NEGRO RUMBO A CÁDIZ (SEGUNDA PARTE)
A la memoria de mis padres y a mis hermanos Servando, Rafael y Amparo
Se oía lejana la conversación de los cuatro hombres: el
capitán Crispín, mi padre, Vera y el cabo, al que el capitán, al entrar, le
ordenó cortante un ‘destóquese’. El atribulado cabo saludó todo lo marcial que
pudo, entrechocando los talones de tal forma que se hizo daño en los tobillos.
Luego se quitó el tricornio. Un círculo rojo rodeaba su cabeza. Cabo, parece
usted San Antonio, dijo el capitán.
Las palabras entrecortadas que venían de la comandancia
chocaban con un eco metálico - como en un sueño - contra la chapa del Citroën, en el que
esperaba toda la tropa de niños y mujeres, inquieta y acalorada. Un blablablá
ininteligible llegaba hasta el coche trufado por la risa de mi padre que en la
cima fugaz de la felicidad trataba al capitán como si hubiera sido amigo de
toda la vida.
Un tal que estar, tal que estar, tal que estar, nos llevó más
de hora y media. Por fin llegó el trío: mi padre, Vera y el cabo, que habían
sido recibidos amablemente, pero ‘a palo seco’.
Entró primero Manolo y se sentó frente al volante, enorme
como una rueda de churros; luego, mi padre dejó pasar al cabo con un “pase
usted, Eulogio”. El cabo reaccionó con un cierto malhumor: “¡Mi nombre es
Demetrio Rodríguez Riaño, para servir a Dios y a España!”.
- Usted dirá lo que
quiera que para eso somos libres, pero usted, mi cabo, tiene cara de llamarse
Eulogio - dijo mi padre y comenzó a fumar un “Caldo de Gallina”.
El cabo Demetrio, algo humillado por la visita al capitán
Crispín, se reafirmó en que su nombre era ese, y malhumorado dijo: “Hay días en
que uno querría ser de vino y beberse y desaparecer”…
Y mi padre: “Usted perdone, Eulogio”, y siguió fumando.
Inmediatamente mi padre le ordenó a Manolo que nos llevara a
la ciudad de las bodegas, a la ciudad en donde hasta la sombra de las callejas
sabe a vino.
-
¡Despacito
y buena letra! ¡No hay prisa! ¡No hay prisa!
-
¿No
hay prisa?, comentó en voz baja mi madre, y luego: ‘Jacinto, los niños tendrán
que comer algo’.
-
Ahora,
ahora en Jerez. Dale mientras los filetes empanados que llevas ahí en la cesta.
El Citroën negro destacaba – piano, piano – como un cuervo
rodante por las tierras albarizas de Jerez de la Frontera. Los racimos de los
viñedos lucían esplendorosos a la espera de un futuro líquido inmejorable.
Todos comíamos. Mi madre comentaba con Manola, mientras
devoraba con rapidez tres filetes empanados: “Esta es mi enfermedad, hija”,
necesito comer con demasiada frecuencia. Los tres niños jugaban con la comida
y se arrastraban por las alfombrillas de
la “voiture”. Hubo un momento en que el movimiento de los labios de todos era
tan acompasado que el coche parecía una granja de conejos.
-
Manolo,
pásate por San Fernando, para que todos vean el paisaje faraónico de las
pirámides de sal y los esteros rezumando azul de mar.
El Citroën negro, lento como una cofradía sevillana,
destacaba entre la espiritual blancura de las salinas como en un ajedrezado
paisaje: un solitario rey negro acosado
por un ejército blanco entre los escaques de los esteros.
Y por fin… Jerez de la Frontera, cuna del vino. Entramos por
la amplia avenida con la que la ciudad de las bodegas recibe a todos los
viajeros.
-
Vamos
al centro y comemos algo, ordenó mi padre, y Manolo Vera nos aparcó junto a un
lujoso restaurante.
Nada más entrar, mi padre se acercó a uno de los camareros y
le dio un billete de 100 pesetas con la cara de Falla, para allanar el
servicio.
Cada uno pidió lo que quiso: Eulogio-Demetrio un codillo con
patatas, Manolo, su hermana y Manola,
una fritura variada con lechugas. Mi padre se entretenía con una cigala con
mayonesa y una ensalada de tomates. Mi madre acabó con rapidez con un filete de
ternera, un plato de patatas fritas y unas gambitas al ajillo. Yo comí lo mismo
que mi madre. Mis hermanos comieron un filete con patatas; los niños un
platillo de patatas con huevo.
A mediados de la comida, mi padre, libre como el viento e
imprevisible siempre, se levantó con el plato de tomates, rodeó la mesa que
parecía haber sido colocada por Leonardo da Vinci (éramos 13 y la mesa
alargada), y se lo echó con su tenedor al
plato de Manolo Vera. Después le quitó las lechugas del plato. Me voy a llevar yo
la lechuga. Quédate tú con los tomates, que yo no soy un grillo. Vera se
sonrió.
Cuando a mi padre le pareció llamó al camarero del “Falla” y
le pidió amable que trajese tres botellas de Tío Pepe y tres platos de jamón.
Le comentó al camarero: ‘De jamón y de vino bueno, no se ha muerto nadie’. Y
luego, después de una inútil lucha con
la cigala, le dijo:
-
¡Maestro,
péleme usted el bicho!
Ya estábamos todos casi acabando cuando mi madre, con prisas
siempre:
-
Jacinto,
¿cuándo vas a terminar?
-
Espérate,
mujer. ¡Qué prisa hay! Aquí estoy dándole coba al bicho.
Por fin, después de hora y media, tomamos el postre. Mi padre
pagó, nos levantamos y nos fuimos de nuevo al Citroën negro.
Mi madre comentó cuando salíamos del restaurante:
-
Con
el tiempo de viaje que llevamos, ya podríamos haber llegado a Nueva York.
-
Mira
que esta mujer, dijo mi padre. ¡Qué prisa hay! Además donde esté Cádiz que se
quite Nueva York. La playa de Santa María vale más que Manhattan.
- Y partimos rumbo a Cadiz, la estrella de los mares, el paraíso del Sur.
Granada, 25 de marzo del año 2024.
Jacinto S. Martín.
miércoles, 20 de marzo de 2024
UN CITROËN NEGRO RUMBO A CÁDIZ (PRIMERA PARTE)
UN CITROËN NEGRO RUMBO A CÁDIZ
El pasado no pasa nunca. Si hay algo que no pasa es el
pasado. Está siempre. Somos memoria de nosotros mismos. Somos la memoria que
tenemos. (José Saramago)
A
la memoria de mis padres y a mis hermanos Servando, Rafael y Amparo.
UN
CITROËN NEGRO RUMBO A CÁDIZ
- A las siete estoy yo aquí como un clavo - eso dijo Vera cuando terminó
la conversación con mi padre, que aquel verano cambió la forma de llegar a
Cádiz - el tren resultaba demasiado molesto - acomodando a la familia en
el coche recién comprado por Manolo Vera, un Citroën negro, de carrocería
monocasco con tracción delantera y resorte de barra de torsión. Manolo Vera
impuso sus condiciones: en aquella ‘cucaracha-voiture’, con caja de cambios de
tres velocidades montada en la parte derecha del tablero y con un eje
central de incómodos asientos, también tendrían que viajar su mujer y sus dos
hijos, Manolito y Rafael, su hermana que quería conocer Cádiz y el cabo de la
Guardia Civil de Paradas, comandante de puesto en el cuartel de la pequeña
ciudad de la Campiña, que iba a ver a la familia a la tacita.
A todos ellos nos sumábamos
nosotros, mi padre, mi madre, la bondadosa tía Carmela y los cuatro niños.
Contando con Manolo éramos trece los ocupantes de la voiture francesa de acero
y alas amplias sin estribos. Era 17 de agosto de 1960 cuando Vera se presentó
con su Citroën a las 7 de la mañana como había predicho. El coche ya venía con
los cuatro miembros de su familia situados en el fondo junto a la pequeña
ventana trasera. Manolo – claro – y el cabo de la Benemérita, elementos
imprescindibles para tan original viaje venían delante.
Entramos los siete de la familia y nos acomodamos como
Dios quiso: mi madre detrás con Amparito en brazos, los niños en el transportín
del centro y delante M.Vera, como experimentado conductor, el cabo, con el
tricornio imprescindible bien colocado, en el centro al lado de Manolo, más
estrecho que un silbido, y mi padre junto a la puerta derecha, que a las
siete y cuarto ya se había fumado dos cigarrillos nublando el interior de la
voiture y perfumando al benemérito , hombre rechoncho, pelirrojo y dócil, al
que Manolo Vera le insistía:
– ¡No se vaya
usted a quitar el tricornio, por amor de Dios, por lo que más quiera, que esa
es nuestra salvación! Así no nos van a parar en todo el trayecto los de su
“cuerpo”. Ese tricornio es para todos más valioso que el faro de Chipiona para
los barcos de la bahía. Cuando el sol se refleje en su cabeza acharolada los
destellos luminosos avisarán a los suyos que somos gente de bien. Con su
reflejo no nos van a contar y con los “menuíllos” incluidos, ya sabe mi cabo
que somos trece.
Y comenzó el viaje al mar azul de Cádiz. Mi
padre alternaba los cigarrillos con un trago de cognac 501.La botella la pasaba
luego al benemérito y a Manolo ¡verdadera camaradería alcohólica!, ¡amistad a
puro trago! Había que matar al gusanillo… El cabo sudaba y el tricornio le iba
dejando una marca rayada en la frente. Manolo Vera cantaba con acento
“paraeño” “Manolo mío, Manolo de mis amores”. Volvía la cabeza y miraba a
Manolito su hijo mayor que jugueteba con Rafaelito el pequeño. Manola, su
mujer, secretaria del juzgado en Paradas, le insistía en que dejara al
niño y se fijara en la carretera…
Decía Manolo que los 130 kilómetros que
separaban Arahal de Cádiz se los ‘barbeaba’ él en poco tiempo, tres horas como
mucho. No contaba con mi padre que, inquieto se movía más que una espuerta de
perros. No aguantaba el encierro en el coche que iba tal como le había ordenado
a Vera al salir: ‘despacito y buena letra’.
Cruzamos el oleoducto de los americanos
que desde Rota pasaba por Arahal y llegaba a Zaragoza, decían. 22 kilómetros
hasta Utrera y mi padre, que no aguantaba más, ordenó amable que parábamos en
la ciudad de los mostachones. Así fue. Nos sentamos en un café de la ancha
plaza del pueblo y desayunamos con café y dulces que mi padre había traído de
Casa Cordero, una pastelería famosa en toda la comarca. Repartió, siempre
generoso, dos docenas de mostachones entre los niños y las mujeres.
Al volver a la ‘voiture’ eran ya
las nueve de la mañana. Dos horas para veintidós kilómetros. El viaje a Ítaca
se presume largo, pensé.
Por un momento el benemérito se
quitó el tricornio que lo estaba matando y Vera: “¡Por lo que más quiera no me
haga usted eso!, que el daño emergente que nos va a provocar el alto de los
suyos me va a producir un ruinoso lucro cesante. Usted me entiende, mi cabo…
Eso lo sé por Manola que de leyes sabe más que Justiniano y que Castán juntos.
Y la pelirroja autoridad embutida entre Manolo y mi padre volvió a colocarse el
estrecho tricornio que le rayaba la frente.
Manolo seguía cantándole a Manolito y a Rafael el ‘Manolo mío, Manolo de
mis amores’ con una voz fuerte y destemplada.
Llegamos poquito a poco cerca de Las
Cabezas y en una venta situada a la izquierda de la mal asfaltada carretera
paramos por indicación del jefe, mi padre. A mi madre, nerviosa con la niña en
brazos, se le movían los mofletes de la cara y en voz baja: “Este hombre no
está bueno”. Volvimos a desayunar – el almuerzo lo llaman en otras regiones de
España. El estrechado comandante de puesto, Vera y mi padre se cambiaron
ahora al Anís del Mono. Vamos a estirar un poquito las piernas, y se perdió un
rato. Al poco tiempo vino con una telera de Lebrija, un pan tan grande como el
volante y redondo como la cara de Dios, y la metió en el soporte de la
ventanilla trasera del coche francés. A mi madre, con Amparito en los brazos,
se la llevaban todos los demonios.
– ¿Mamá, quieres un vinito dulce?
– Quiero irme ya de una vez.
Jacinto, ¡por Dios!
– Bien, bien.
– Manolo, vámonos, dijo, y la ‘voiture’ se puso de nuevo en marcha
– ¡Despacito y buena letra!, ordenó el jefe.
– Vamos a ir a ver al capitán Crispín al cuartel de la guardia civil de
Puerto Real. Es un fenómeno. Tiene once hijos.
– ¡Ahora nos vamos a entretener en Puerto Real!, dijo mi madre.
– Para este hombre, por lo visto, el tiempo no existe. Ese lento masticar del
tiempo debió aprenderlo en Tetuán cuando hizo la mili y se echó la novia
estanquera, y suspiró dolida por el recuerdo. ¡Jesús, Jesús, Jesús!
viernes, 8 de marzo de 2024
JUEVES SANTO, PLAZOLETA DEL CRISTO
JUEVES SANTO...PLAZOLETA DEL CRISTO
JUEVES SANTO, PLAZOLETA DEL CRISTO
Tarde de primavera. En la plaza, la gente espera la salida
del Cristo de la Misericordia. Un hombre en su carrillo garapiña avellanas. Se
deshilacha el cielo en cirros rosas. Chirrían las puertas al abrirse y aparece
el Hombre a la columna atado. Los costaleros – un solo pulso, una única fuerza,
un solo corazón en un ring de zambranas – lo elevan lentamente mientras suena
la música. La gente aplaude. Una niebla de incienso dulce lo inunda todo.
Jesús, humildemente, cruza la plaza.
Un murmurar
dulzón garapiñado
da sabor al
azul de primavera.
Ha gemido de
gozo la madera
y un hombre
humilde a la columna atado
cosecha el
ansia de la dulce espera.
No es más que
un campesino golpeado,
que con los
ojos bajos, derrotado,
implora caridad,
¡quién lo dijera!
Fundiéndose
emociones y creencias,
un corazón
hecho de blanca cera
eleva al Cristo
sobre las conciencias,
y en la brisa
de raso del amor
surca el Señor
la nueva primavera,
hermano en la
besana del dolor.
Arahal. Primavera de los años 90.
Jacinto S. Martín




