GANIVET
Y EL HUNDIMIENTO DEL MAINE
Cuando a mi llegada a Riga acudí al Consulado, para visitar a Von Brück y hacerme cargo de mi gris ocupación, me irrité profundamente. En el Düna Zeitung leí las contrarias opiniones a España. La crítica era feroz, nos daban por vencidos antes de tiempo, como si quisieran cobrarse una vieja y antigua deuda con quienes soberbiamente habían dominado el mundo. Siempre hay una memoria colectiva que no perdona.
El líder insurrecto
Calixto García se presentaba a la opinión pública como víctima del general
Weiler, mezclándose razones y pretextos, hechos reales y fantasías tendenciosas
que remueven los posos de la clásica leyenda negra.
Estados Unidos, con
los pueblos libres del mundo, ese era el indignante titular. El subtítulo
insistía La opinión pública estadounidense se pronuncia
violentamente en contra de España.
Todos
sabíamos que la voladura del acorazado norteamericano 'Maine', ocurrida a las
9:40 de la noche del 15 de febrero de 1898 en la bahía de La Habana era el
pretexto de los "liberadores" para recolonizar la colonia, una vez
conseguida la independencia de España. El Maine , que se encontraba fondeado en
la bahía desde el 25 de enero y que había llegado a La Habana a petición de
Míster Lee, cónsul de Estados Unidos en la capital cubana, fue el pretexto para
la intervención del gobierno norteamericano. Fue una campaña perfectamente
orquestada por los mangantes (magnates, quiero decir) de la prensa
estadounidense William R. Hearst y Joseph Pulitzer, propietario del periódico
'The World'.
Con doscientos sesenta
y seis muertos pagaron los "libertadores" el precio de la colonia.
¡Dios mío, cuánto desprecio por las personas! ¿A nadie le importa la dignidad
del hombre?
La prensa española
tampoco estuvo demasiado prudente. Leí los periódicos que me mandaron desde
Granada:
Que el Maine se
hundió en los mares,
que hizo ¡patapún!
Bien están con los
atunes...
esos pedazos de atún.
Claro
que nada es sorprendente: ni el ataque de la prensa nórdica contra España, ni
la ramplonería de la prensa española. Feliciano Miranda, mi amigo de la
Cofradía, decía que hasta los muertos en accidente tenían que informar al
responsable de la sección si querían aparecer como noticia.
Los titulares de la
prensa española también eran gloriosos:
Frente al vacío y a
la corrupción norteamericana, las virtudes de la raza española triunfarán.
Los voluntarios
españoles, ansiosos de desplumar al águila americana.
Perdido
el rumbo, cualquier idiotez puede servir y cualquier idiota nos puede guiar a
la ruina espiritual so pretexto de que los hombres no caminan en ninguna
dirección y que hace falta que venga de vez en cuando un genio que los guíe.
La talla de nuestros
dirigentes políticos deja más que desear que la de nuestra prensa. Nuestra
política consiste sólo en ir tirando. Al final, si las cosas salen mal, se
limitan a gritar como gritaba don Quijote con arrogancia: No por culpa
mía, sino de mi caballo, estoy aquí tendido.
Si
preguntamos a un obrero de la ciudad qué opinión tiene sobre los hombres
y las cosas de España, sobre partidos, grupos y banderías, contesta
invariablemente que todos son lo mismo y todos creen que es un escéptico, que
está desengañado. ¡Grave error! Es que no se ha enterado todavía.
Lo de los malos
gobiernos es una vulgaridad cómoda para salir del paso. En todas partes hay
buenos y malos gobiernos y en nuestra patria son malos, pero no los peores.
Ocurre que nadie puede convencer a nadie, pues todo español tiene su propia
Constitución en la que aparece un solo artículo en el que claramente se dice:
"Este español hace lo que le da la gana".
Si se hace esta
misma pregunta a un trabajador del campo, no contesta nada y aquí se piensa que
no se ha enterado de lo que pasa; pero tampoco es exacto, la verdad rigurosa es
que no se ha enterado ni quiere enterarse. Si os tomáis la molestia de leer en
sus ojos, veréis en ellos la soberbia frase del cínico Diógenes al emperador
Alejandro: Apártate que me dé el sol.
Y
es que el pueblo oye decir que hay constituciones y leyes que le han
garantizado todos los derechos inherentes a la vida de los hombres libres y
después ve que en cuanto ocurre algo gordo se suspenden todas esas garantías, y
dice: ¿Conque todo eso no sirve más que cuando no sirve para nada? Sabe
el pueblo que existe un parlamento y ve que cuando llega el momento crítico se
cierra para desembarazar al Poder Ejecutivo, y dice: ¿Conque no sirve
más que para las cosas menudas?
Y
continúa arraigada en el pueblo la convicción de que si llegamos a vernos
enfrente de un verdadero peligro, habrá que derribarlo todo como una decoración
de teatro y quedarnos en pelo como nos quedamos en 1808.
Ese es el sentimiento
popular y esa es la parte flaca de nuestro sistema político que, en justicia,
procede lealmente al suplir con su acción la inacción popular. Bien es verdad
que nuestros hombres pierden el culo por un escaño. Yo he oído a un congresista
español lamentarse de que a España, es decir, a él, no le hubiesen dado más
representación que una cuarta secretaría; y lo digo para que conste que hay ya
españoles que se descuernan por ser secretarios cuartos de una mesa.
Ocurre que hay dos
grandes fuerzas de España: la que tira para atrás y la que corre hacia delante.
Van dislocadas por no querer entenderse y de esta discordia se aprovecha el
ejército neutral de los ramplones para hacer su agosto.

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