domingo, 22 de marzo de 2026

Ganivet y el hundimiento del Maine

 





GANIVET Y EL HUNDIMIENTO DEL MAINE

 

 

Cuando a mi llegada a Riga acudí al Consulado, para visitar a Von Brück y hacerme cargo de mi gris ocupación, me irrité profundamente. En el Düna Zeitung leí las contrarias opiniones a España. La crítica era feroz, nos daban por vencidos antes de tiempo, como si quisieran cobrarse una vieja y antigua deuda con quienes soberbiamente habían dominado el mundo. Siempre hay una memoria colectiva que no perdona.

 

     El líder insurrecto Calixto García se presentaba a la opinión pública como víctima del general Weiler, mezclándose razones y pretextos, hechos reales y fantasías tendenciosas que remueven los posos de la clásica leyenda negra.

 

     Estados Unidos, con los pueblos libres del mundo, ese era el indignante titular. El subtítulo insistía  La opinión pública estadounidense se pronuncia violentamente en contra de España.


     
Todos sabíamos que la voladura del acorazado norteamericano 'Maine', ocurrida a las 9:40 de la noche del 15 de febrero de 1898 en la bahía de La Habana era el pretexto de los "liberadores" para recolonizar la colonia, una vez conseguida la independencia de España. El Maine , que se encontraba fondeado en la bahía desde el 25 de enero y que había llegado a La Habana a petición de Míster Lee, cónsul de Estados Unidos en la capital cubana, fue el pretexto para la intervención del gobierno norteamericano. Fue una campaña perfectamente orquestada por los mangantes (magnates, quiero decir) de la prensa estadounidense William R. Hearst y Joseph Pulitzer, propietario del periódico 'The World'.

 

     Con doscientos sesenta y seis muertos pagaron los "libertadores" el precio de la colonia. ¡Dios mío, cuánto desprecio por las personas! ¿A nadie le importa la dignidad del hombre?

 

     La prensa española tampoco estuvo demasiado prudente. Leí los periódicos que me mandaron desde Granada:

 

     Que el Maine se hundió en los mares,

     que hizo ¡patapún!

     Bien están con los atunes...

     esos pedazos de atún.


    
 Claro que nada es sorprendente: ni el ataque de la prensa nórdica contra España, ni la ramplonería de la prensa española. Feliciano Miranda, mi amigo de la Cofradía, decía que hasta los muertos en accidente tenían que informar al responsable de la sección si querían aparecer como noticia.

 

     Los titulares de la prensa española también eran gloriosos:

     Frente al vacío y a la corrupción norteamericana, las virtudes de la raza española triunfarán.

     Los voluntarios españoles, ansiosos de desplumar al águila americana.


     
Perdido el rumbo, cualquier idiotez puede servir y cualquier idiota nos puede guiar a la ruina espiritual so pretexto de que los hombres no caminan en ninguna dirección y que hace falta que venga de vez en cuando un genio que los guíe.

 

     La talla de nuestros dirigentes políticos deja más que desear que la de nuestra prensa. Nuestra política consiste sólo en ir tirando. Al final, si las cosas salen mal, se limitan a gritar como gritaba don Quijote con arrogancia: No por culpa mía, sino de mi caballo, estoy aquí tendido.


     S
i preguntamos a un obrero de la ciudad qué opinión  tiene sobre los hombres y las cosas de España, sobre partidos, grupos y banderías, contesta invariablemente que todos son lo mismo y todos creen que es un escéptico, que está desengañado. ¡Grave error! Es que no se ha enterado todavía.

 

     Lo de los malos gobiernos es una vulgaridad cómoda para salir del paso. En todas partes hay buenos y malos gobiernos y en nuestra patria son malos, pero no los peores. Ocurre que nadie puede convencer a nadie, pues todo español tiene su propia Constitución en la que aparece un solo artículo en el que claramente se dice: "Este español hace lo que le da la gana".

 

       Si se hace esta misma pregunta a un trabajador del campo, no contesta nada y aquí se piensa que no se ha enterado de lo que pasa; pero tampoco es exacto, la verdad rigurosa es que no se ha enterado ni quiere enterarse. Si os tomáis la molestia de leer en sus ojos, veréis en ellos la soberbia frase del cínico Diógenes al emperador Alejandro: Apártate que me dé el sol.


    
 Y es que el pueblo oye decir que hay constituciones y leyes que le han garantizado todos los derechos inherentes a la vida de los hombres libres y después ve que en cuanto ocurre algo gordo se suspenden todas esas garantías, y dice: ¿Conque todo eso no sirve más que cuando no sirve para nada? Sabe el pueblo que existe un parlamento y ve que cuando llega el momento crítico se cierra para desembarazar al Poder Ejecutivo, y dice: ¿Conque no sirve más que para las cosas menudas?


     Y continúa arraigada en el pueblo la convicción de que si llegamos a vernos enfrente de un verdadero peligro, habrá que derribarlo todo como una decoración de teatro y quedarnos en pelo como nos quedamos en 1808.

 

     Ese es el sentimiento popular y esa es la parte flaca de nuestro sistema político que, en justicia, procede lealmente al suplir con su acción la inacción popular. Bien es verdad que nuestros hombres pierden el culo por un escaño. Yo he oído a un congresista español lamentarse de que a España, es decir, a él, no le hubiesen dado más representación que una cuarta secretaría; y lo digo para que conste que hay ya españoles que se descuernan por ser secretarios cuartos de una mesa.

 

     Ocurre que hay dos grandes fuerzas de España: la que tira para atrás y la que corre hacia delante. Van dislocadas por no querer entenderse y de esta discordia se aprovecha el ejército neutral de los ramplones para hacer su agosto.


 

 

     

 

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