Tarde de primavera. En la plaza, la gente espera la salida
del Cristo de la Misericordia. Un hombre en su carrillo garapiña avellanas. Se
deshilacha el cielo en cirros rosas. Chirrían las puertas al abrirse y aparece
el Hombre a la columna atado. Los costaleros – un solo pulso, una única fuerza,
un solo corazón en un ring de zambranas – lo elevan lentamente mientras suena
la música. La gente aplaude. Una niebla de incienso dulce lo inunda todo.
Jesús, humildemente, cruza la plaza.
Al árbol del amor (del mal amor), también se le conoce como árbol de Judea o de Judas,
pues cuenta la leyenda que Judas Iscariote se ahorcó colgándose en una de sus
ramas después de traicionar a Jesucristo. Asimismo, hay quien le denomina
algarrobo loco por su parecido con el árbol del algarrobo. El ciclamor es un
ejemplar de hoja caduca. Sus flores aparecen durante el verano antes que sus hojas. Me detuve ante el árbol y pensé en la responsabilidad o el designio irresponsable del discípulo señalado desde la eternidad para cumplir con su traición.
En mi pensamiento Granada se viste de otoño: toda la gama del rojo, del
ocre y del amarillo aparece cuando septiembre sabe a majoletas, azofaifas,
serbas, granadas, membrillos y acerolas, que pintan un bodegón efímero en los
tenderetes de lona blanca en el Campillo, en la Carrera de la Virgen y frente
al palacio de Bibataubín. El membrillo perfuma el aire frío; las acerolas,
azofaifas y granadas son sólo gozos de la vista; las agridulces serbas
enriquecen el blando tacto antiguo. El punto rojo de las majoletas cierra
el primer párrafo del otoño.
Un doble ofrecimiento,
paralelo al de la tierra, muestran los dulces tenderetes de sultanas, tortas de
la Virgen, rosquillas de garbanzos, alpargatas, cordobesas y la blanca ilusión
hueca de los roscos de Loja.
Todo tiene el sabor
cumplido del rito. El viento libre en la carrera solloza entre los árboles. No
pueden refrenarlo las enrojecidas manos del castaño de Indias, ni aquietarlo
los tilos.
Luego, preparado el
perfume, el color, el sabor, el olor y el nuevo tacto de las cosas, la Virgen
de las Angustias abre dolorosamente el tercer escenario del año. Los
horquilleros, respetuosamente lujosos, craquean todo
el temblor silencioso de la mano-hoja mutilada en el suelo. Las autoridades,
grillos mudos, desfilan embutidas en la pequeña vanidad negra del frac.
Interminables filas de mujeres y hombres alumbran su propia tristeza con una
vela. En mi pensamiento pasa la Virgen y se calma el aire perfumado de nardos.
Como cada septiembre, los colegiales lloriquean a las puertas
del “cole”. Los grillos anunciaron con su último canto el final del verano.
Víctor, mi nieto, también paga con algunas lagrimillas la entrada al centro de
enseñanza. Yo quiero mucho a Víctor. Pienso en él cada minuto del día y me
pregunto: ¿Qué estará haciendo, mi niño? ¿Ahora estará con la tutora? ¿Ahora
estudiará las viejas historias de la Historia? ¿Ahora estará en el recreo jugando
al fútbol? ¿Ahora irá al comedor? ¿Qué estará haciendo mi niño? Me duele su
ausencia cada hora, cada minuto, cada segundo. Atrás quedó el verano, y el agua
transparente del mar, y la visión fugaz de los delfines, y los dientes de
espuma de la ola en la playa mordiendo el dorado de la arena, y el baño feliz
en la piscina. En el recuerdo queda todo, incluso el 9-0 del
último futbolín. Tuya es la soledad, tuyo el secreto. Ya no es mágico el mundo,
ni los juguetes hablan como falsos guiñoles guiados por tu voz. Lo que era todo
de pronto se hizo nada.
¡Víctor, que para siempre quede el cariño con el que estás detrás de mi memoria y que aprendas, para saber del mundo que ahora
empiezas a heredar!
Alguien posiblemente colgóde la bóveda azul con un hilo invisible de luz unas algodonosas nubes
blancas con las que se adornaban las palmeras de abanico, siempre ancladas en
la esperanza y sometidas unas veces al viento del este, otras al viento del
oeste. Un punto de luz blanca se había fijado en una de las cúpulas del cercano
hotel. Un rumor insistente de niños se dejaba oír permanente y lejano en un
horizonte de ilusiones pequeñas, hasta dejar sin voz el rugido del mar cercano que restallaba como un látigo azul en la orilla de la playa. Los cerros, entre luces y sombras, azules y
violetas cerraban a lo lejos el escenario semicircular. En el crepúsculo, estos
estériles cerros silenciosos apresurarán la noche con su sombra, que -
imperceptiblemente - siempre se advierte como un grato declinar.
Aún barquilleaba la luna menguante en el cielo iluminando el verde oscuro del campo cuando vi entrar en el cole al primer alumno. Eran las ocho menos veinte. Su padre lo deja aparcado en el cole, pues él tiene que incorporarse al trabajo. Luego lo recogerá a las 4'30 después de haberlo tenido en el comedor.
¡Demasiado sacrificio callado!
Al cole, situado a cien metros del mar y rodeado de un extenso campo de aguacates y de
chirimoyos, llegaron más tarde, al clarear el día, la mayoría de los chiquillos. Vienen en bicicletas, en motos, en patines, en
coches o en autobús. Muy pronto ha amanecido en todas las persianas que miran al oriente. Los
han recibido con una canción de Serrat, que se repetía machacona hasta que se
formaban las filas. ‘Hoy puede ser un gran día’ repetía la voz ronca del
catalán, para grabar en la memoria infantil un mensaje de esperanza para
siempre. Dio las nueve campanadas el reloj dela torre de la iglesia que se alzaba sobre todos los ruidos del pueblo
blanco.
La inocencia del mundo se reflejaba en el frágil espejo de
los niños. Yo los amo dulcemente, mucho más desde que mi nieto vino para estar
entre nosotros. No saben, ¡pobres míos! que cada uno de ellos es un paréntesis
que se acaba de abrir. Y sin embargo una inmensa alegría desborda los patios, una dulce y suave alegría septembrina.
A las 11.30 la bandasonora de Harry Potter abre misteriosa y agradablemente el recreo. El patio-recreo
es el declive por el cual se derrama el cielo en el espacioso cole. Gritos,
carreras, partidos de fútbol hasta que a las 12 de nuevo la agradable y
magistral banda sonora de John Williams cierra los juegos. En un trozo de bocadillo caído una paloma picoteaba su sombra.
Antes de la llegada puntual (14 horas) del autobús escolar que mancha un
poco el aire con el gasoil y rompe el silencio aquietado con elruido delmotor, da Camila Cabello con su melodiosa ‘Havana’ el aviso del
‘prepárense, listos, ya’. Luego, carreras y chillidos agudos como cantantes de
óperas se desatan hasta quedar sentados en el ómnibus que parte rápido… Se
cierra otra mañana mientras siguen bailando con el viento las palmeras y sus alargadas sombras.
Y siempre igual, encadenados a la rutina - la noria de los días - los enérgicos niños
y los explotados padres se someten al amanecer a una actividad de la mente sin
base ni propósito claro.
No tiene pérdida. Sigues los raíles del tranvía y te llevan a
la plaza de la Trinidad. Luego bajas por la calle Tablas y llegas a la Facultad
de Filosofía y Letras. No olvides mirar el final de la calle Puentezuelas en
donde se ve la gigantesca blancura de Sierra Nevada. En Granada, la sierra es
poderosa y cercana.
Seguí las precisas instrucciones y entré en el Palacio de las
Columnas, sede de la facultad. A la altura del aula 7 la vi la primera vez.
Ella todavía no lo sabe, pero vamos a estar juntos toda la vida, pensé.
Pasé el año 1969 bajo una cadeneta de fiebres en el salón de
baile de la gripe. A finales de año tuvieron que operarme de unas hernias en
Sevilla Me acompañaba mi madre. Era diciembre y llovía.
Le escribí a la rubita de ojos color café, que se perfumaba
con Dorée y se cubría con un vestido amarillo ylang-ylang. Desde Sevilla yo
pensaba en los ojos color café, café que quitaba el sueño y que producía el
desvelo de la cercanía del cielo. La rubita que se iba a casar conmigo, aunque
ella todavía no lo sabía, se alegró cuando volví a Granada. Por las tardes
bajábamos al sótano del palacete-facultad para repasar los apuntes de las
clases de la mañana. La sala de estudios estaba junto a la cafetería. Si
mirábamos hacia arriba veíamos un desfile de piernas de quienes pasaban por la
calle Puentezuelas.
Al atardecer su risa era un golpe de sal contra miboca. Eran horas perdidas y ganadas en el mar
de la tarde. Por cada nueva hora que llegaba había otra siguiente que marchaba
a perderse en la nada de un tiempo consumido en la felicidad de las miradas. Mientras sus manos 'ajazminaban' los apuntes, contaba con un encanto infantil que, después de llover, ella y sus hermanos se ponían debajo de las celindas y las movían para mojarse de olor y de lluvia. Ardía sin arder la sombra. El tiempo se
condensaba feliz… Sólo los relojes iban más lentos los domingos.