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jueves, 4 de marzo de 2021

Demasiada nieve alrededor






Demasiada nieve alrededor

Desgraciado el país que necesita héroes.  [Bertolt Brecht]

Hoy ocupé la mañana en romper papeles. Al romperlos iba descolgando del perchero del recuerdo viejas mudas, sostenidas apenas por el hilván del documento, la anotación, el libro o el recorte de prensa. Quise no desprenderme del todo del tiempo pasado y salvé algunos, entre ellos un sobre con unas fichas que le había pedido a José María. En el sobre relleno de citas, una anotación inicial decía: «no encontré más». Creo que le pregunté por los «juicios de Dios», a propósito de la lectura en clase de «Mío Cid». Una S. D. cerraba el sobre. La D mayúscula se alargaba extraordinariamente hacia el pasado. José María siempre fue muy aficionado a firmar todo, excepto en ocasiones solemnes como cuando el claustro decidió mandar un telegrama al Rey, agradeciendo su intervención después del asalto al Congreso por Tejero. Aquel día cuando el secretario leyó la adhesión por unanimidad, el profesor Sánchez Diana dijo: «por unanimidad, no»; «pon ahí que José María Sánchez Diana no está con el Rey». Sánchez Diana fue el primer nombre con el que me encontré cuando llegué al instituto, el día 3 de octubre de 1977. Estaba escrito a la derecha de la fachada de piedra y le pedían la dimisión. Al día siguiente, en el claustro de principios de curso, mi amigo Lázaro me explicó que José María había dimitido como director y que quien presidía la sesión era Rafael Revelles, que —recuerdo— se manejaba con soltura y con verbo fácil.

 Luego me contaron que el profesor Sánchez Diana había sorprendido a unos alumnos pegando en las paredes unos carteles de la Liga Comunista Revolucionaria y que les obligó a quitarlos. Cuando éstos le respondieron que qué poder tenía él para obligarles a hacer aquello, José María dijo que su autoridad la tenía por ser director de la institución y por la «brovi», un pequeño revólver fabricado en Bélgica, que sacó inmediatamente del bolsillo de la chaqueta. Esto es lo que siempre se contaba. No lo vi en ese primer claustro. A veces es conveniente tomar una «claustrina», comprimido que te evita la presencia en las pesadas reuniones colegiadas del profesorado, que casi nunca resuelven nada. Así que me quedé con las ganas de conocer al prestigioso catedrático de Geografía e Historia del «Suárez».

A los pocos días, un hombre de aspecto venerable, de barba cidiana, capuchina, me abrazó en el pasillo y me dio la bienvenida a la casa. Yo soy tu compañero José María Sánchez Diana, dijo y luego me invitó a tomar una cerveza. Fue una de las primeras señales de cordialidad que recibí al llegar. Los demás hierobóvidos —así les llamaba Proupín— mostraban cierto distanciamiento; S. D. no, él era más listo y más humano. A los pocos días, comprobé que Fernando uno de sus hijos era mi mejor alumno. Alegre por lo descubierto, se lo dije a José María y se emocionó al darle la noticia. Desde entonces quise bien al bueno de Sánchez Diana e intuí que aquel hombre no era malo, aunque no le faltaran motivos para serlo. Poco a poco fui conociendo los motivos de José María. Supe que se alistó como voluntario en la División Azul cuando sólo tenía dieciséis años —en su cabeza, la épica del Cid—, que los llevaron en tren hasta Polonia, que cruzaron a pie desde Szczecin hasta Elblag, casi dos mil kilómetros, que, desde la vuelta a España, era el jefe de la FEA (Falange Española Auténtica) y que era mutilado de guerra. Él se reía de su paga de héroe —800 pesetas— que figuraba en su nómina. Me contó que había sido herido en la batalla de Krasnyj- Bor, que había estado recuperándose en Lublin en un hospital de campaña y que había perdido dos dedos de la mano izquierda a la altura de la falange —¡claro!

También me dijo que estuvieron a punto de cortarle las piernas que se le habían congelado y que «Brovi» lo evitó, amenazando con volarle la cabeza al médico alemán que le atendía, que echó a correr como alma que lleva el diablo. Supe que estuvo en posición defensiva, sin cobertura aérea, acosado por la soledad y por el General Invierno y que apenas lograba dormir desde que volvió de la URSS. Los estallidos de las bombas del ejército soviético, el miedo y la soledad habían tomado cuerpo en la química de su cerebro, desde su vuelta a Barcelona en el «Semíramis».

José María era un sabio, que siempre será recordado. En sus clases había alma, ilusión por conocer, anécdotas de todo tipo que ilustraban sus magníficos discursos, y un colofón importante: nunca suspendió a nadie. ¡Cómo se puede entretener un hombre que ve la muerte con dieciséis años en evaluar a nadie!

Así que en las sesiones de evaluación, S. D. esperaba astutamente para dar las notas el último y calculando sobre lo que sus compañeros decían, hacía una media ponderada: siete, nueve, cinco, seis, siete, nueve y José María, alzando la voz: OCHO. Yo le preguntaba: «¿cómo va esto?». Y él: «aquí estamos volcando notas».

El último curso de José María en el instituto, como me sentaba a su lado, podía ver cómo no había ni una sola nota en la lujosa carpeta de piel del restaurante «Parada» que, como compensación oculta por el abusivo precio de la ginebra matutina, había pasado a su poder. Ni siquiera se había preocupado de quitar la lista de precios y las fichas de los alumnos se mezclaban en feliz camaradería con la tortilla francesa, el filete de ternera con guarnición y el lenguado «meunière».

 Era la época de la transición democrática y la sala de profesores se llenaba cada día de carteles de los distintos partidos políticos que quedaban encima de las mesas o se fijaban en las paredes. José María no podía soportar la situación y, como bajaba de clase un poco antes que los demás, hacía pedazos la propaganda, antes de subir al salón de actos para oír la misa que en el recreo oficiaba don Casimiro. Después del «podéis ir en paz», los profesores bajaban al bar. Por fin, depurada la conciencia y apurado el café, subían a impartir la última lección magistral de la mañana.

Con el respeto que se merecían los grandes señores del saber, Chencho —el conserje— tocaba con los nudillos en las puertas de las aulas: «Don Rafael, la hora». «Gracias, Chencho»; «Doña Mari Gracia, la hora». «Gracias, Chencho». «Doña África, la hora». «Merci, Chenchó»; «Don Mario, la hora». «Danke, Chencho». Así el amable Chencho recorría los pasillos y cerraba la jornada laboral. Hay que aclarar que Inocencio, el conserje, siempre empezaba por José María que definía la clase como el tiempo que el profesor tarda en explicar su tema: «la clase empieza cuando el profesor llega y termina cuando se va».

 En aquellos años, no sólo examinábamos a los alumnos oficiales, sino también a un numeroso grupo de alumnos libres —tan libres, que sólo aparecían unos pocos—. En la casa se recuerda uno de esos exámenes, celebrados ante tribunal. José María solemnizaba el acto y constituido el tribunal con Antonio Alcalá y Juan de Dios Vico, S. D. se dirigía a Chencho:

       —Que pase el examinando. Chencho traducía: Niño, que entres.

— A ver. ¿Qué sabe usted de las Urracas en la Historia de España?

González García silenciosamente temblaba. Con los ojos como platos, ni siquiera acertaba a decir «nada», que ya es algo.

—     Bien, no recuerda usted que doña Urraca de Aragón, segunda esposa de García Íñiguez y madre de Fortún Garcés, fue reina de Navarra desde el 852 hasta el 870. También ignora usted que doña Urraca de Castilla y de León fue la hija bastarda de Alfonso VII de León y Castilla y de Guntroda. Y claro, tampoco sabrá nada de doña Urraca de Portugal. Ignora el examinando quién fue Urraca López, hija de Lope Díaz de Haro.  ¡Retírese! ¡No sé dónde vamos a parar! ¡Llegará un día en que habrá que pasarlos de curso por decreto! ¡Tiempo al tiempo!

 Alcalá y Vico se miraron, hablaron un momento y comentaron a José María: «Creemos que hemos sido rigurosos con el examinando, nosotros tampoco recordábamos bien la pregunta».

—¡Bien!, Chenchoooo, que vuelva el examinando. González García temblaba de nuevo ante el tribunal que se acomodaba detrás de la mesa.

—Díganos, usted, quiénes fueron los Reyes Católicos.

—¿Isabel y Fernando?

—Bien, puede retirarse. NOTABLE. Un «vamos a tomarnos un tinto» cerró la solemne sesión.

Un año después de su jubilación, José María murió. Su cadáver fue depositado en el salón de actos. No hubo cinco rosas, ni se veló aquella noche. Cuando volví después de las clases del nocturno, me encontré con Manolo, el conserje, que me dijo que en la casa sólo estaban José María y él. José María quedó solo como quien espera el alba. Al día siguiente, al amanecer, bajaron al profesor por la falsa nieve de la escalera. Un frío de alma inundó el «Suárez». Había demasiada nieve alrededor

lunes, 22 de febrero de 2021

Ceniza en la memoria







 «Juzgar si la vida es o no digna de vivir es la respuesta fundamental a la suma de cuestiones filosóficas» [Albert Camus]

Hacía mucho calor, un calor insoportable. La «Escolanía de los Niños Cantores de la Catedral de Guadix» sonaba magnífica en el salón de actos de la institución —pavo asao, asao, asao, con ensalada, buen menú, buen menú, señor— que se había preparado con las mesas de la biblioteca con manteles blancos. Tenían las mesas la disposición de un refectorio de monasterio medieval.

El vinagre y la miel de la jubilación se paladeaban en un ambiente sereno de quien ya había entrado en la edad de los metales. Unos meses más tarde, diciembre del año 1981, un nuevo reconocimiento en el Alhambra Palace, del que yo fui joven testigo sin comprender el porqué de tanta triste alegría.

 Setenta años dan para conocer que la condición humana no es, en absoluto, ejemplar. Por eso don Rafael, aplaudido en sus intervenciones, sabía de la vanidad de todo aquel inevitable homenaje y correspondía con gesto serio y discurso prudente y agradecido. Me sorprendieron las palabras del brindis: ‘Vino, enséñame el arte de ver mi propia historia como si esta ya fuera ceniza en la memoria’.

Atrás quedaron años de trabajo en la Sorbona hasta conseguir el doctorado, una brillante oposición a cátedra, dos casamientos, dos muertes, dos soledades, dos lamentos ante la fortuna enemiga, un nuevo doctorado en Madrid, tres hijos, una estancia en Canadá y una lógica aplastante y serena en sus intervenciones públicas.

 Don Rafael Martínez Aguirre, catedrático de Biología y de Física y Química, era un hombre de mediana altura, más alto que bajo, siempre con traje y corbata, serio, riguroso, conocedor del drama del hombre, un inevitable camino que conduce a la muerte.

Todo hombre con ideas  precisas y rigurosas de la justicia sufre mucho en el curso de su trabajo personal. Eso hacía del profesor Martínez Aguirre un molesto profesor para la mayoría de los alumnos. Cuando lo conocí, el tiempo ya le había mordido las sienes y en sus ojos anidaba cierta tristeza senequista. Él apreciaba a los alumnos como el ceramista al barro que moldea para un futuro impreciso; ellos no lo entendían. En el entierro de un alumno, víctima en la sierra de una picadura de serpiente, depositó, con la dignidad que lo acompañaba siempre, en el nicho del pobre Caballero un ramo de claveles rojos. En las conversaciones con los mayores de la casa, a veces, esbozaba una media sonrisa.

El día era soleado, el aire limpio como si se estrenara el mundo. Alegre, un septiembre extraño, remedo de primavera, entraba en las casas al abrir las ventanas. Sonó el teléfono:

—     ¿Rafael, por qué no vienes a dar una conferencia a los alumnos de Preu? Con tu coche está aquí en hora y media.

—     ¿Cuándo quieres que vaya?

—     Vente el viernes. Luego nos vamos a comer.

—     Allí estaré sobre las once. Después de la charla, comemos y me vuelvo, si puedo, a Granada.

—     ¿Qué título le pones a la conferencia?

—     El sexto sentido. Está siendo estudiado ahora en los humanos. Antes sólo se había observado en los animales.

—     En el salón de conferencias del viejo instituto, los alumnos eran los mismos jóvenes de hacía cuarenta años. Habían grafiteado los bancos y el profesor sonreía levemente al pasar y leer: «La sabiduría me persigue, pero yo soy más rápido», «La vida es una barca, Calderón de la mierda». Sí eran los mismos. Sólo cambiaban indumentaria y peinados.

 Era 24 de febrero del año 1984. Hacía sólo dos años de su jubilación, vieja palabra de sabiduría hebrea. El profesor Martínez Aguirre, serio, se acercó al micro y habló y su voz dominó el viejo salón: La comunicación se realiza emitiendo y recibiendo cinco estímulos mecánicos (táctiles, sonoros), químicos (olfativos y gustativos) o radiantes. Dominador de los cinco sentidos se ha descubierto un sexto sentido, basado en las feromonas, compuesto químico que logra modificar el comportamiento de los animales receptores. Estas sustancias fueron descritas por primera vez por la estadounidense Margaret Johns en los años setenta. La doctora Johns demostró que el sistema olfativo y el vómer-nasal detectaban las milagrosas feromonas.

Don Rafael siguió hablándole al distraído público, mientras recordaba viejos amores, posiblemente inducidos por las entonces desconocidas feromonas, y se trasladó a Canadá y recordó años en los escasos minutos de su comenzada intervención: la conversación en la orilla de un lago, un apretón de misterio en una mano de mujer, una efímera dulce mirada, un tiempo condensado en un beso, un sol ahogándose al atardecer en el acero congelado del agua. Dos años en cinco minutos. El tiempo es una sustancia tan misteriosa como la sangre, como las feromonas, moldeable y rara como la vida.

Y continuó: La aparición de la comunicación entre los animales mediante feromonas se vincula a la necesidad de asegurar la supervivencia. Si se asciende en la escala evolutiva, el progresivo desarrollo cerebral nos lleva hasta el lenguaje, de manera que pierde importancia la comunicación por medio de las feromonas, y hoy casi no se percibe en el ser humano.

El profesor pensó que aquella afirmación no era del todo cierta, mientras sus ojos buscaban las piernas de las jóvenes en flor de la primera fila, que sonreían rubias y botticcelianas como ángeles de anunciación de promesas de amor, ahora ya imposibles.

Hasta hace pocos años no se sabía que también en la especie humana se puede encontrar el rudimentario sistema de comunicación feromonal. Posiblemente estas sustancias, productoras de olores, explican ciertos comportamientos de parejas que de otra forma nos parecen difíciles de entender. En el ser humano, las glándulas productoras de feromonas se encuentran ampliamente distribuidas por la superficie corporal, sobre todo, en los sitios relacionados con la sexualidad. Así que, queridos alumnos, no somos culpables de nada, todo está predeterminado, acordado sin nuestro conocimiento. La mala conciencia escrupulosa debe desaparecer de la superficie de la Tierra. La inocencia intuida es la única verdad. El nuevo descubrimiento de la doctora Johns desempeña un papel tan importante en la sexualidad de los humanos, que ya se está estudiando, como estrategia de marketing, incluir feromonas a efecto de atrayente sexual en los perfumes.

El profesor hablaba, perdido en un laberinto de sueños, con la mirada alta hacia un imaginado horizonte. Olía a niño y a la alegría de un baño infantil. Ya no atendía a ciertos gestos adivinatorios de las botticcelianas de las primeras filas, que sonreían inquietas en los incómodos bancos de madera, desatendidas de las feromonas del profesor Martínez Aguirre, improductivas ya. Don Rafael paseaba por su casa, abrazaba a sus hijos pequeños, jugaba con ellos en el suelo y le sonreía a Beatriz su mujer después de la llegada de París. El aire era limpio, como si septiembre imitara la llegada de la primavera. Todos los proyectos en una habitación llena de juguetes y dos miradas limpias cruzándose por encima de las cabecitas rubias de los niños, que aromaban la sala como un perfume de Dios.

Treinta años atrás en una confluencia de pasado perdido —recuperado— y presente académico desbocado se fundían, perdida ya la dirección de una vida no demasiado afortunada, hacia un futuro incierto. Los recuerdos chocaban en la madera de los muebles del viejo salón de actos. En el viejo profesor la tristeza ennegreció su alma ya gastada. 

Cuando nos informaron, tuve que dar por la pequeña emisora de la vieja institución la orden de desalojar el edificio. Los profesores como cides extraños damos la alegría de un día de descanso después de irnos. Luego mandé el currículum a los periódicos de la ciudad. El director del establecimiento acudió al lugar: una recta ancha, en la que destacaba, bajo un cielo violeta y  rojo fresa, un árbol solitario, sin olor, quebrado por el impacto de un auto acelerado al máximo.

 

Granada, 22 de febrero del año 2021

Jacinto S. Martín

martes, 26 de enero de 2021

Ahogado en estado irresponsable


 

                                 Ángel Ganivet (1865-1898)



El martes 29 de noviembre de 1898, Ángel Ganivet, el solitario de Brunsparken, se arrojó a las frías aguas del Daugava (Dviná occidental) desde el vaporcito que lo trasladaba a la otra orilla del río. Algunos pasajeros y el personal del vapor lograron rescatarlo, pero, ya en cubierta, volvió a arrojarse al agua de la que se le extrajo sin vida.

 La partida de defunción decía: “Número 701 del Registro de Óbitos correspondiente al año 1898. En el año de mil ochocientos noventa y ocho, el 17 de noviembre según el calendario ruso -por el romano, el 29- falleció en Riga Ángel Ganivet y García. Realizó el entierro el cura-vicario Tabenski, en el cementerio católico de San Miguel, el 21 de noviembre. Causa de la muerte: ahogado en estado irresponsable”.

 El suicidio del escritor granadino en las aguas del Daugava en Riga marca el punto final de una enfermedad, cuyo agente causal, el Treponema pallidum, se fue incubando en tres etapas: En la primera, a un mes de la infección, la sífilis primaria se manifestó en forma de adenopatía (inflamación de los ganglios linfáticos), que curó en dos semanas.

 La sífilis secundaria apareció a los dos meses, en forma de pseudogripe, pérdida de peso y adenopatías. Un exantema cutáneo maculo-paular cubrió su cuerpo. Tardó en curar varias semanas. En las cartas a su madre le informa de su permanente mala salud y describe los síntomas antedichos. También se alegra cuando por fin logra “entrar en caja”. 

Esta sífilis latente y de baja expresividad clínica alcanzó la sífilis terciaria. Debió de aparecer diez años después de contraer la enfermedad y degeneró finalmente en neurosífilis, que terminó por provocar atrofia muscular y demencia. 

Es la última etapa en la vida del solitario de Brunsparken, cuando habla del psícope y se ahoga en la tumba de pedernal de su conciencia. 

Este es el caso clínico de Ángel Ganivet, perfectamente descrito en la denominada “pupila de Argyl-Robertson”, también conocida con el nombre de “pupila de prostituta”. Las pupilas son pequeñas, irregulares y no reaccionan a la luz. Así vemos la extraña mirada de Ganivet en la conocida fotografía del taller Nyblin en Riga. 

No es punible en ningún sentido el suicidio de Ganivet, aunque la idea del mismo siempre estuvo presente en el escritor granadino:

“Entre el suicidio y la humillación profunda de la enfermedad que te convierte en guiñapo, hay que optar por lo primero. Siempre apoyé la idea del suicidio. Siendo estudiante de Derecho en la Universidad granadina, un compañero de curso se pegó un tiro delante de la verja de su novia. A don Ángel Manjón, catedrático de Derecho Canónico, no se le ocurrió otra cosa que hacernos rezar a todos en coro por el alma del suicida; yo abandoné el aula. Tengo la costumbre de arreglar mi vida no como la sociedad dispone; sino como yo quiero”. 

En otro texto, el escritor granadino nos dijo: “Conocí en Bruselas una historia que me interesó: había muerto una mujer y luego su hijo por falta de una porción de cosas indispensables. El marido vendió algunos trastos, se compró una pistola, se acostó en la cama de matrimonio y se hizo polvo la cabeza. Esto es ser poeta a su modo: una sola frase escrita por el cañón de una pistola”. 

Según sostiene Arcadio Ortega, “en 1898 el futuro inmediato del escritor granadino tenía mal destino: una silla de ruedas, el hospital de agónicos o ese trance furtivo de la liberación”. A pesar de su permanente obsesión por elegir en libertad la propia muerte, Ángel Ganivet no pudo hacerlo. Enfermo de sífilis, resuelta en neurosífilis, murió en las aguas del Daugava ahogado en estado irresponsable.


Granada, 26 de enero del año 2021

Jacinto S. Martín

domingo, 19 de julio de 2020

Todo perdido por ver a Rufoni










Ahora después del desayuno bajaríamos por Antonio López, dejaríamos a la derecha Corral del Carbón,  a la izquierda quedaría la Plaza de España con  su monumento a la Constitución de 1812, pasaríamos por delante del hotel Roma, llegaríamos hasta la parada del tranvía, luego ya instalados cruzaríamos lentamente bajo las murallas de Puerta Tierra, avanzaríamos al ritmo lento del transporte amarillo, llegaríamos a la parada del hotel Playa, alquilaríamos unas casetas de mimbre… y todo el mar ya sería nuestro; pero no.

Hoy vamos a ir a ver a Juanito Rufoni, supongo que seguirá en la calle Columela, y le compramos botes de colonia fresca y un perfume para mamá. La decisión libre, insospechada, de mi  padre nos arrebataba ya para siempre un día de playa con su olor azul, con su rumor suave de olas en bajamar, con su visión lejana de un horizonte en el que se confundían cielo y mar, con el tacto crujiente de la arena húmeda en las manos, con su sabor a sal, a gambas, a cañaíllas, a rosquitos en forma de ocho, a cartuchos de camarones, a pijotas mordiéndose la cola…

Todo perdido por ver a Rufoni. Se perdió para siempre la visión lejana, borrosa por la calima, de la catedral de Cádiz con su cúpula ámbar. El viaje en tranvía se había quedado en un imposible deseo amarillo. El itinerario fue otro: Desde Antonio López giramos a la derecha por la calle Manuel Rancés; luego, de nuevo a la derecha por Beato Diego de Cádiz, calle de paredes de arenisca,  comidas por el viento de levante, rugosas al tacto. Después de doblar a la izquierda llegamos a la calle San Francisco; un último giro a la derecha y ya estábamos en Columela, el centro comercial de Cádiz.

 En la esquina mi padre se había parado un rato admirando los trofeos del Carranza en  la tienda de tejidos del que fuera primer teniente de alcalde de don José León de Carranza, alcalde de la ciudad, uno de los organizadores del trofeo de fútbol. Del Moral, que así se llamaba el comerciante, organizó junto con el alcalde en esta tienda el trofeo de agosto. Terminado este, ofrecía unas importantes rebajas, que mis padres aprovechaban. Era el cierre de agosto, cuando ya las tardes se acortaban y una extraña melancolía daba paso a septiembre.

Aquello de los trofeos era hermoso, no digo yo que no, pero no tenía comparación con las rosadas gambas ni con las pijotas que, en un alarde circense, se curvaban mordiéndose las colas, ni con los rosquitos en forma de ocho que en horizontal semejaban lo infinito de la felicidad del  mar. En la otra esquina, cerca de la Plaza de las Flores, tiene su comercio Juanito. Mi padre tenía, entre otras habilidades, la de orientarse perfectamente en cualquier sitio.

Y llegamos, como cada año, a ver a Juanito Rufoni. La tienda era mediana, Juanito era más alto que mi padre y dirigía el concierto de las ventas de los perfumes desde detrás del mostrador con  la maestría de un director de orquesta.

-         Hombre, Juanito, ¿cómo estás?
-         Bien, muy bien, Jacinto. ¿Y vosotros?
-         Venimos a verte y a comprar algo para mi mujer y mis hijos, pero atiende, atiende a las mujeres y luego ya hablamos.

Cuando aclaraba la tienda y quedábamos en ella los seis, mi padre, mi madre y nosotros cuatro, se repetía cada año la misma conversación:

-         ¿Tú estuviste poco tiempo en Tetuán?
-     Sí, Jacinto, unos meses, y mostraba una infinita paciencia a la espera de la pregunta siguiente, siempre la misma, repetida cada verano.
-         ¿Tú te libraste de la mili por estrecho de pecho? ¿No, Juanito?

Y Rufoni, con infinita paciencia, respondía como cada año que no era él el que mi padre decía que era, sino un tal Juan Rufini.
Y mi padre, dale periquillo al torno. Bien, bien, ahora recuerdo que tú te libraste por tuberculosis.
Y Rufoni, con infinita paciencia, respondía como cada año que no era él el que mi padre decía que era, sino un tal Juan Rufini.
Sí lo recuerdo, Juanito Rufini, decía mi padre con su despiste a cuestas. Ahora, ahora está claro.

Atiende, atiende a las mujeres, decía mi padre señalando a quienes entraban. Nosotros no tenemos prisa. No la tenía él, claro; nosotros estábamos ya cansados de la larga espera y a mi madre los nervios le movían los  mofletes de la cara. Una hora, dos horas, el tiempo que fuera para mi padre era igual. Con mi padre el reloj siempre perdía sus agujas.

Cuando aclaraba la tienda y quedábamos en ella los seis: mi padre, mi madre, Servando, Rafael, Amparito y yo, Juanito - alto, rubio, bien parecido, amable ma non troppo - se acercaba y precisaba como cada año:

-        Jacinto, yo me libré por hijo de viuda. Mi padre, de origen italiano, murió pronto y vine a hacerme cargo del negocio para ayudar a mi familia.
-         Bien, bien. Estaría yo confundido. Entonces, el tuberculoso era Rufini. Recuerdo que en su cartilla militar ponían: “Inútil total, por estrecho de pecho”.

Entonces, sólo entonces, mi padre pedía el cargamento generoso de botes de colonia y cajas de perfume que le alegraban el día a Rufoni, después del repetido interrogatorio de cada año.

Luego mi padre, amable, mandón, cariñoso, generoso, machacón, despistado y positivo siempre, se despedía de Juanito con un fuerte apretón de manos. Rufoni se mantenía con una medida cortesía sin aspavientos.

Inmediatamente la perfumada caravana partía hasta Antonio López 18, no sin antes tomar algo, cervezas, calamares, cazón en adobo, en un bar de la Plaza de las Flores, como cada año.

Habíamos perdido un día de nuestra vida feliz en la playa, habíamos cambiado el salado perfume del Atlántico por los perfumes de Rufoni, que a pesar de lo dicho, por los siglos de los siglos, se mantendría en la memoria de mi padre como tuberculoso, estrecho de pecho, inútil total…

     Granada, 19 de julio del año 2020

     Jacinto s. Martín



jueves, 4 de junio de 2020

O neno da gaita









A mi amigo Nemesio García del Carril, magister maximus , autor de la música de la serie de televisión “Los Gozos y Las Sombras” realizada sobre la novela de Torrente Ballester.

«La música es una revelación mayor que toda la sabiduría y la filosofía.» [Beethoven]

Aquella mañana tuvimos que evaluar a Barbeito. ¡Qué gran tipo Barbeito! Jonás Barbeito, natural de Jabalcuz, era irresponsable y feliz. A todos nos pareció siempre un personaje cordial, tan cordial que muchos pensábamos que acabaría sufriendo un infarto. No era así. Cuando la gente lo conocía bien, deducía que su cordialidad era sólo un paripé.

Nemesio y yo bajamos, pues, a los infiernos donde se ubica el aula de Música. Cuando algunas veces, muy pocas, subíamos al cielo de los laboratorios, lo hacíamos lentamente en ascensor: «el cielo puede esperar». A las mazmorras didácticas, sin embargo, bajábamos deprisa, pues eran frecuentes los «alumnizajes» sobre los hombros d´os cadeireiros. Alguien había hecho desaparecer del frontispicio del búnker que te llevaba «ad inferos» el dantesco «abandonad toda esperanza»... de enseñar nada a nadie.

Los maleducados educandos habían aprendido que estaban en una institución de grito largo, y chillaban escaleras abajo, cangureando el trayecto en donde una luz ardía con los papeles de los chicles. Olía a cuerno quemado como si el padre del infractor se estuviera consumiendo en la lámpara.

 Aquella enciclopédica mañana, sólo se embalsamó con el recuerdo de unos tordos que en los árboles cercanos silbaban largamente. Unas «logsianas», yogurtizadas, bailaban como cabra de gitano en el corredor que llevaba al patio. ¿Qué hacéis? – «Ignasia». El chinchimpún de un transistor enorme, como de emigrante español en Alemania, hacía temblar el estrecho pasillo.

Pacientemente, el panel del fondo a la izquierda, abajo, se había quebrado a puñetazo limpio, y punching inmóvil anunciaba ya una muerte segura en el combate interminable de nueve meses. El parto era inminente: un puñetazo más y saldrían a la luz los cachivaches allí arrumbados.

 Aquella mañana, creo que lo dije, tuvimos que evaluar a Barbeito. Zumbaba el infierno del sótano. Un vaho de «alumnina» —fuerte como el oleón— subía escaleras arriba. Ya olía a tigre en el desdichado circo y aún no era primavera. Sonaba la música, se instalaba la música, se imponía la música. Entonces «o demo» huía por momentos del búnker de cemento. Se transformaba así «a cadeira» y «o neno da gaita», así llamaban al maestro García del Carril cuando era niño, hablaba a otros desde la circunvolución frontal izquierda del cerebro, donde a veces —dicen— se instala el alma.

Una dulce sensación de agua menuda humedecía las almas no plastificadas; incluso, algunas quedaban ensartadas en las finas agujas de la lluvia. Silencio... Alguien había expulsado al «diaño» de la ignorancia y había instalado en el alma de los alumnos a los mensajeros de los dioses. La palabra, la música, el silencio, sofocaban la inmensa llamarada de la indiferencia. Allí alguien que aún no distinguía las dos realidades —la de fora y la de dentro— se esforzaba por dar luz al espíritu. La luz que hay que sacar como agua de pozo, siempre con la ayuda de una mujer, no importa si es de Samaria. La luz real, la del espíritu está hecha de música y de palabras. Por eso es preciso cazar sonidos nuevos y nuevas palabras, porque de lengua y de música está hecho lo imaginario.

 «Yo era pequeño y me llamaban para tocar la gaita en los pueblos cercanos al mío. En los caminos, en los bosques, en los ribazos de los ríos, no centro do silencio siempre tenía miedo. Volvía de noche y me cruzaba cos homes que viñan de mocear nas aldeas do monte, Sobrado arriba ou Muruxosa abaixo, cando a noite encirraba os cans do medo. O río da memoria é un regato, pero aún siento cómo los árboles se agigantaban y me amenazaban. Yo buscaba otros caminos, pero siempre palpaba la existencia de seres invisibles. En el bosquecillo de buxos, el roncón del viento me acechaba, la gaita grileira de los pájaros me hacía temblar.

En mi interior sonaba, no obstante, la melodía callada, llena de silencios, lenta, acompasada, maxestosa, de una dulce gaita siempre ausente.» Así habló o algo parecido dijo, o neno da gaita que vino del norte, de la lluvia, de los castaños, de los bosques de helechos, para apagar el incendio ignorante de los niños del sur —locos inimputables perdidos en el tiempo— como tú y como yo —porque el tiempo es un engaño de los dioses.

Aquella mañana tuvimos que evaluar a Jonás Barbeito —¡gran chico Barbeito!—. En toda la mañana, mendigo de mí mismo, sólo recibí dos monedas con que alumbrarme el alma: el largo silbido del tordo y la ilusión con la que una cabeza botticcelianamente rubia me decía que sí, que me entendía. Quise creerla y le pordioseé con los ojos el «le sigo»
.
 El otoño se filtraba por el ventilador del aula de Música. Si en algo aprecias tu olfato, nunca se te ocurra ponerlo en marcha. Desde el tragaluz una lluvia amarilla caía dulce al patio. Crujía el color impregnado de niebla bajo la música del viento de noviembre. Una melancólica música galega recorrió el desalmado búnker. O neno venido desde casi el «fin de la tierra» había amansado al monstruo de treinta y tres cabezas del primero A. Luego, por fin, cuando sonó el timbre, evaluamos al memorioso Barbeito, que —dando pancadas por las escaleras— se marchó del centro.


GRANADA, noviembre del año 2000

Jacinto S. Martín